Gato Salteado en un Mar de Soya

Foto: Rommel Barragán (cortesía).

Gato Salteado en la Casa Teatro Malayerba. Foto: Rommel Barragán (cortesía).

Caos, ruido y algarabía dominan la cocina de un restaurante chino-vietnamita en algún lugar del Ecuador. Su personal, seis personas que se reparten todas las tareas del minúsculo restaurante, es una orquesta sin sentido en pleno clímax de una gran sinfonía cotidiana: la comida. ¿Realmente serán así las cocinas de los restaurantes? ¿Desenfrenados trenes de locura con sonidos estruendosos y gritos que dan un compás que solo entiende el que está delante del fuego? Quizá no sea ley, pero en este espacio parece destino.

Las mujeres y los hombres del restaurante El Gato Salteado -chinos, vietnamitas o ecuatorianos, no lo sabemos- conviven en el lugar en el que trabajan, nos cuentan de su precariedad, sus dudas, sus ideas, los sueños y las frustraciones. Nada fuera de lo común. De hecho, son personajes tan cotidianos como accesibles, son esos seres que desde hace siglos deambulan por todo el globo terráqueo cargados de búsquedas.

En Gato Salteado en un Mar de Soya, obra de graduación de la última promoción de actores del Laboratorio Malayerba, conocemos las condiciones que enfrentan aquellas personas que se vieron obligadas a salir de sus lugares de origen para encontrar más estabilidad en sus vidas. El humor es la pimienta de esta obra, con ella se distancia del sufrimiento y el paternalismo que se le ha dado a la migración y no pierde el contacto con lo real. Pues bien sabemos que el humor “es relativismo, es la habilidad de verse a sí mismo como los otros te ven”, como dice el escritor judío-israelí Amos Oz.

Por eso no es difícil que el público conecte con la obra, con las cocineras, los meseros y con la mujer joven recién llegada, sin papeles, que –para su desgracia- está conociendo el dolor de muelas en un país que no entiende su inexplicable idioma y que además debe buscar a su hermana desaparecida.

Foto: Rommel Barragán (cortesía).

Foto: Rommel Barragán (cortesía).

Gato Salteado está llena de símbolos: la comida, por ejemplo, se vincula a las relaciones afectivas, a la amistad, al compartir. ¿Cómo sobrevivir sin comer? ¡Imposible! Sea con tenedores de plata o por sonda, pero se lo hace o se muere. Entonces el restaurante también nos dice del diálogo –no siempre armónico- entre pares, de las necesidades más básicas que hay que cubrir para sobrevivir y por último –con las diferencias que tenemos entre individuos y sociedades- la comida nos habla de la convivencia en comunidad.

Esta obra, lineal en su narración pero metahistórica en su intención, también se cocina de la popular fábula de Esopo de la cigarra y la hormiga. En ella dialogan moralidades en disputa: el goce de la vida o el sacrificio para vivir; y sin dictar sentencia alguna –intercalando con la historia del restaurante en contrapuntos escénicos, dancísticos y temporales sincronizados- deja que los espectadores se hagan su propio criterio de qué debería ser lo correcto. Sin embargo, se deslinda de la pedagogía tradicional de la fábula para dejar un final abrumador: ¿acaso no es perverso que no merezca la vida quien no se ha sacrificado hasta desaparecer? ¿no es inhumano dejar que la vida esté más abajo que un papel burocrático o que incluso no tenga valor alguno para que un cuerpo sea tratado como muñeco de trapo?

Gato Salteado es una obra teatral redonda: nos cuenta una historia muy humana tantas veces contada, va de un tiempo a otro entre la tragedia, la moraleja, el humor de lo absurdo y con una gran dosis de humanismo.

Gabriela Toro Aguilar
Abril, 2016.

* * *
Dirección: Santiago Villacís, Arístides Vargas y Cristina Marchán.

Actúan: Diana Barragán, Francisca Espinoza Iza, Verónica Guevara, Marlon Nazate, Hernán Reyes y Cristina Taipe

Actrices invitadas: Cristina Figueroa y Milagros Ribadeneira.

Asesoría en actuación: Rosario Francés.

By the sea – Frente al mar

Angelina Jolie Pitt
2015/ 132’

Fotograma de Frente al Mar (By the Sea), dirigida por Angelina Jolie Pitt, tomada de thewrap.com

Fotograma de Frente al Mar (By the Sea), dirigida por Angelina Jolie Pitt, tomada de thewrap.com

Vanessa y Roland están de vacaciones en un hermoso pueblo francés, son los años 70 y su matrimonio está en pleno declive; el estado de las cosas cambia cuando en la habitación de al lado se hospeda una pareja joven de recién casados.

El pretexto para pasar los días lejos de Nueva York es que Roland (Brad Pitt) intente escribir, pues su carrera atraviesa un momento de estancamiento y frustración -mezclado con alcoholismo. Vanessa (Angelina Jolie Pitt), en cambio, es una exbailarina que pareciera estar al borde del suicidio y la neurosis. Los recién casados: Lea (Mélanie Laurent) y François (Melvil Poupaud) -y el sexo de la luna de miel- encienden en la sedentaria Vanessa un interés malsano. Ella los espía por un agujero que da a la habitación de la joven pareja y es ahí donde se desata una leve posibilidad de cambiar el lánguido panorama de los artistas neoyorquinos. Para rematar el paisaje idílico del pueblo junto al mar, a ninguno de los dos los salva su vida burguesa: un automóvil de colección, gafas únicas, ropa de marca, máquina de escribir fuera de serie, el departamento frente al mar en un hotel de lujo y más de cuatro cocteles diarios.

Insinuaciones apoyadas en bajos auditivos muy fuertes, así como en tomas furiosas y rápidas de algo similar a los latidos de un corazón, dan pie para un giro en la tercera película que escribe y dirige Jolie Pitt. Pero no, es una espera tan larga como las tomas donde se ve a Vanessa reposar de tal modo que la cámara contemple su cuerpo. Algo que, lamentablemente, no pasará de ser parte del decorado; porque no tiene más función en la historia que decirnos quién es fuera de pantallas: una estrella de la constelación del mainstream actuando mediocremente para una película con aires de cine arte. O, en tal caso, nos dice mucho del narcisismo de Vanessa, lo que tampoco enriquece, pero que acerca a un gesto de esta época: narcisismo no es autoestima.

La actuación de Pitt tampoco sobresale, porque si no hay una historia sólida ¿cómo puede haber interpretación que la mantenga? En By The Sea (Frente al Mar) lo más destacable podría ser ese símil de cueva o caja de pandora que representan Lea y François para Vanessa y Roland; además del gran trabajo del director de fotografía Christian Berger.

Para resumir, Frente al mar es: mediocridad, voyerismo y narcisismo. Todo lo demás es pretensión.

Gabriela Toro Aguilar
Enero, 2016.

Conquista de lo inútil (fragmento)

Werner Herzog vive en la selva peruana para realizar Fitzcarraldo, su décimo largometraje. Toda la ferocidad de la naturaleza tropical se revela ante él. A veces dirá que es el mismo infierno y que ella sólo se rinde después de haber ganado la batalla.

Conquista de lo inútil es el diario de este largo, tedioso, maravilloso y terrorífico trayecto que hizo Herzog.

Frente al lamentable aeropuerto de Pucallpa hay un bar, y en el bar hay un mono hermosísimo, negro, de extremidades infinitas. Parece muy inteligente y sería un compañero excelente para Fitz. Un borracho ha escupido hacia donde estaba el mono y casi le da en la espalda. El mono ha inspeccionado y ha olido detenidamente el escupitajo amarillo verdoso, salido del fondo de un pulmón enfermo, que yacía fresco y humeante en el suelo. Daba la impresión de que el mono quería comerse el escupitajo, o al menos probarlo. Le he dicho en silencio «déjalo, déjalo», y lo ha dejado. Ahora está sentado con la cola enrollada alrededor de las nalgas como una soga, el mentón apoyado en las rodillas, que recoge con los brazos. Así es como se sienta, enlazado, en las ramas de los árboles. Me he dado cuenta de que, con los pies apoyados en el borde de otra silla, yo también tenía el mentón apoyado en las rodillas. ¿Sueña el mono mis sueños conmigo mismo allí arriba en las ramas? Pido una cerveza y mi voz suena cambiada, como la voz de un papagayo que imitase arias de ópera. El sol se ha ocultado ardiendo de cólera. Por un momento, y creo que es la primera vez de la que guardo recuerdo, la Tierra me ha parecido maternal, cubierta de una selva en descomposición, totalmente apaciguada. Una mariposa nocturna, grande y marrón, cargaba contra el suelo de cemento pulido como si quisiera viajar hacia el centro de la Tierra, y batía las alas tan fuerte que el ruido como de madera que ocasionaba, junto al chisporroteo y el crujir eléctrico de una moribunda lámpara de neón, parecía formar parte de una sinfonía interpretada desde las profundidades de un cosmos espeluznante, un cosmos que ya se ha preparado para la última cosecha.

Conquista de lo inútil de Werner Herzog. Traducido por Juan Carlos Silvi. Blackie Books, 2012.

Fotograma de Fitzcarraldo, escrita y dirigida por Werner Herzog. 1982.

Fotograma de Fitzcarraldo, escrita y dirigida por Werner Herzog. 1982.

Taller de crítica de cine

01-TallerIntroCritica

Fotograma de Le Hérisson, Mona Ache, 2009.

El 20 y 21 de noviembre de este año facilité un taller de introducción a la crítica de cine en la Casa Uvilla Centro Cultural (Eustorgio Salgado y Armero), de Quito; como parte de la Semana para la Soberanía Audiovisual capítulo Ecuador. Fueron 4 horas de pura intensidad cinéfila.

El repaso fue básico pero esencial: qué nos interesa criticar (el filme -la obra- como nuestro objeto empírico de donde parte todo), porqué criticar en Ecuador (donde existe mayor producción documental y la ficción se destaca más por su calidad técnica) y los elementos primordiales a criticar. Todo desde los aportes del Análisis Fílmico y la Teoría del Texto Artístico, propuesta por el teórico español Jesús Gonzalez Requena.

Asimismo no se pasó por encima las diferencias básicas entre un análisis fílmico y una crítica de cine y los tipos de crítica (la académica -de la cual no profundizamos por no ser justamente de interés del taller- y la periodística). Se mencionaron los componentes básicos de una reseña crítica de cine y la importancia de este tipo de crítica breve pero contundente.

Tres obras maestras pasaron por los ojos de quienes estuvimos en el espacio teatral de la Casa Uvilla: Midnight Cowboy (John Schlesinger, 1969), Roma (Federico Fellini, 1972) y Heli (Amat Escalante, 2013).

Espero que próximamente haya otro espacio donde se profundicen más temas relevantes al ejercicio crítico. Definitivamente este fue un pequeño aporte a la cinefilia quiteña, de eso estoy segura.

02-TallerAscensor

Fotograma de Ascenseur pour l’Echafaud, Louis Malle, 1958.

La rueda

Los caminos tortuosos, de Remedios Varo, 1957.

Los caminos tortuosos, de Remedios Varo, 1957.

* ¿Qué es eso que a pesar de ella; con su rueda, las alas y esas hélices extrañas… con un camino listo para ser andado: sin hueco alguno, montículo o desperfecto… que de todos modos no importe nada porque aún así caerá?

Hilos delgados, solo perceptibles por su aparente ligera forma en este mundo, atrapan vilmente para estancar y así detener el paso. Son lo que son porque viven debajo de un velo: se ocultan, evitan la mirada, sobreviven en las sombras.

La rueda, por su forma, llevará su rostro hasta el piso duro, quizá será inevitable. Ella, lista a partir y dejarlo todo (el incendio deja solo cenizas, basuras útiles para las palas), no podrá tan rápido. *

* Un gato grita de dolor y rabia, al fondo de la calle. Ha llovido hasta hace unos minutos, pero igual afuera siempre está frío. Su sufrimiento es el del abandono absoluto. *

* J. dice “he envejecido súbitamente”, su mirada no puede posarse sobre mis ojos, no puede ni reir (hacemos bromas, como siempre, pero se borran nuestras expresiones cuando es evidente que todo le duele); la fractura lo llevará a largos meses de reposo obligatorio y se siente el peso de la gran herida. Él, que su vida es dar el todo por todos, aunque ni una llamada le den quienes tanto lo buscan por su ayuda; va lento y se resigna al tortuoso modo de los días grises: no besos, no abrazos, no risas, no tocar la guitarra, no cantar, no bailar, ni caminar. Para redimir sus horas escucha a Bob Dylan, uno de sus favoritos. Yo pongo atención cuando suena See That My Grave is Kept Clean, en la versión de The Gaslight Tapes. J. no es hombre de fácil rendir. *

Gabriela Toro Aguilar
– · –

Noviembre, que va y viene

Fotograma de Shijie (El mundo), escrita y dirigida por Jia Zhangke. 2004.

Fotograma de Shijie (El mundo), escrita y dirigida por Jia Zhangke. 2004.

– · –
Cuántas cosas atraviesan mi cabeza antes de la medianoche. Cuántas de ellas son pura mierda, y otras guardan luces tenues de lo que tengo al frente y no quiero ver. ¿Por qué las personas nos aferramos tanto a lo que no nos sirve, a lo innecesario, a lo que no nos lleva a ningún lado? ¿Por qué nos prendemos fuerte de las ilusiones?  No lo contestaré.

De muchos puntos me llegan las respuestas; en forma de poemas, pasajes de una gran saga literaria, enfermedades que se instalan con una crisis económica, rechazos laborales, o una conversación amistosa de lo más distendida y aleccionadora.

A donde sea que vaya el signo está presente en cada cosa: el cambio es la muerte del pasado, el cambio es el riesgo que nace de las cenizas de lo que ya está quemado, es atracar en nuevos puertos ya sabiendo cuál es el barco. O sino es cualquier cosa que se quiera pero empezarlo en otro punto, con otros ropajes en el mismo cuerpo -ahora renovado.

Gabriela Toro Aguilar
– · –

Para ser grande, sé entero: nada
      tuyo exageres o excluyas.
Sé todo en cada cosa. Pon cuanto eres
      en lo mínimo que hagas.
Así la luna entera en cada lago
      brilla, porque alta vive.

Ricardo Reis (Fernando Pessoa).
Traducción de Ángel Crespo. Mondadori, 1998.

La plegaria de Maqroll el Gaviero

Chandui_ooh

Foto: Gabriela Toro. Chanduy, Guayas, 2013.

Sólo, y encerrado en una mina, el Gaviero hace una plegaria al mar -su verdadero territorio- para que la fiebre del oro no lo lleve a la locura. El fragmento forma parte de Amirbar (Empresas y tribulaciones de Maqroll el Gaviero, de Álvaro Mutis)

Amirbar, aquí me tienes escarbando las entrañas de la tierra como quien busca el espejo de las transformaciones,
aquí me tienes, lejos de ti y tu voz es como un llamado al orden de las grandes extensiones salinas,
a la verdad sin reservas que acompaña a la estela de las navegaciones y jamás la abandona.
Por los navíos que hunden su proa en los abismos y surgen luego y una y otra vez repiten la prueba
y entran, al fin, lastimados, con la carga suelta golpeando en las bodegas, en la calma que sigue a las tormentas;
por el nudo de pavor y fatiga que nace en la garganta del maquinista, que sólo sabe del mar por su ciega embestida contra los costados que crujen tristemente;
por el canto del viento en el cordaje de las grúas,
por el vasto silencio de las constelaciones donde está marcado el derrotero que repite la brújula con minuciosa insistencia,
por los que hacen el tercer cuarto de guardia y susurran canciones de olvido y pena para espantar el sueño;
por el paso de los alcaravanes que se alejan de la costa en el orden cerrado de sus formaciones, lanzando gritos para consolar a sus crías que esperan en los acantilados;
por las horas interminables de calor y hastío que sufrí en el golfo de Martaban, esperando a que nos remolcara un guardacostas porque nuestros magnetos se habían quemado;
por el silencio que reina cuando el capitán dice sus plegarias y se inclina contrito en dirección a La Meca;
por el gaviero que fui, casi niño, mirando hacia las islas que nunca aparecían,
anunciando los cardúmenes que siempre se escapaban al cambiar bruscamente de rumbo,
llorando el primer amor que nunca más volví a ver,
soportando las bromas bestiales de la marinería en todos los idiomas de la Tierra,
por mi fidelidad al código no escrito que impone la rutina de las travesías sin importar el clima ni el prestigio del navío,
por todos los que ya no están con nosotros;
por los que bajaron en tumbos resignados hasta yacer en el fondo de corales y peces cuyos ojos se han borrado;
por los que barrió la ola y nunca más supimos de su suerte,
por el que perdió la mano tratando de fijar una amarra en los obenques;
por el que sueña con una mujer que es de otro mientras pinta de minio las manchas de óxido del casco;
por los que partieron hacia Seward, en Alaska, y una montaña de hielo a la deriva los envió al fondo del mar;
por mi amigo Abdul Bashur, que toda su vida la pasó soñando en barcos y ninguno de los que tuvo se ajustaba a sus sueños,
por el que, subido al poste de la antena, dialoga con las gaviotas mientras revisa los aisladores y ríe con ellas y les propone rutas descabelladas,
por el que cuida el barco y duerme solo en el navío en espera de los desembargadores de levita;
por el que un día me confesó que en tierra sólo pensaba en crímenes atroces y gratuitos y a bordo se le despertaba un anhelo de hacer el bien a sus semejantes y perdonar sus ofensas;
por el que clavó en la popa la última letra del nombre con el que fue bautizado su navío: Czesznyaw;
por el que aseguraba que las mujeres saben navegar mejor que los hombres, pero lo ocultan celosamente desde el principio de los tiempos,
por los que susurran en la hamaca nombres de montañas y de valles y al llegar a tierra no los reconocen;
por los barcos que hacen su último viaje y no lo saben pero su maderamen cruje en forma lastimera,
por el velero que entró en la rada de Withorn y nunca consiguió salir y quedó allí anclado para siempre;
por el capitán Von Choltitz que emborrachó durante una semana a mi amigo Alejandro el pintor con una mezcla de cerveza y champaña;
por el que se supo contagiado de lepra y se arrojó desde cubierta para ser destrozado por las hélices,
por el que decía, siempre que se emborrachaba hasta caer en el mancillado piso de las tabernas: “¡Yo no soy de aquí ni me parezco a nadie!”,
por los que nunca supieron mi nombre y compartieron conmigo horas de pavor cuando íbamos a la deriva contra las rompientes del estrecho de Penland y nos salvó un golpe de viento,
por todos los que ahora están navegando,
por los que van a partir mañana;
por los que ahora llegan a puerto y no saben lo que les espera,
por todos los que han vivido, padecido, llorado, cantado, amado y muerto en el mar;
por todo eso, Amirbar, aplaca tu congoja y no te ensañes contra mí.
Mira en dónde estoy y apártate piadoso del aciago curso de mis días, déjame salir con bien de esta oscura empresa,
muy pronto volveré a tus dominios y, una vez más, obedeceré tus órdenes. Al Emir Bahr, Amirbar, Almirante, tu voz me sea propicia,
Amén.

Rosa

Rosa, el velo de la memoria

Fotos y texto: Gabriela Toro Aguilar

Rosa, en el poco espacio que tiene, se pasea por sus recuerdos. Espacio estrecho el de su memoria, porque el Alzheimer se lleva lo poco que recuerda, le devuelve lo vivido en pequeñas luces puntiagudas y la encierra hasta llevarla a la única salida: una comprensión dolorosa de la vida, no menos liberadora -aunque sea por momentos-.

El pase de diapositivas requiere JavaScript.

Bajo la dirección de Alejandra Albán y con la actuación y la dramaturgia de Pablo Tatés Anangonó, Rosa es la nueva puesta en escena de Teatro en Casa (Benalcázar N8-27 y Manabí, Centro Histórico). La obra teatral hace un recorrido por varios momentos históricos del pueblo Afro en algunos puntos del continente americano. En sí, es la voz de una anciana Rosa Parks la que viaja por los episodios de la esclavitud en Ecuador, Colombia y Estados Unidos, sobre todo. Se rescata a viva voz lo que aún niegan las historias: las mujeres negras que dieron hasta el último segundo de sus vida por la libertad en Esmeraldas, Venezuela, Haití, Colombia, y otras latitudes; lo que también dice del trabajo de investigación de la obra de Tatés que no puede pasar por alto para cualquier historiadora o historiador que esté tras las expresiones culturales del pueblo Afro.

Si bien su fuerte es el contenido social no se contiene en ese gran campo. La memoria, la desmemoria, el olvido y las trampas de la cabeza para evitar el dolor se tornan hacia el trabajo del cuerpo del actor, y su expresión. En efecto, es difícil desprenderse de la angustia y las emociones de Parks cuando se traslada a lo más íntimo de la resistencia negra a la esclavitud o la discriminación. Sus pasos cortos, lentos, pero firmes son una metáfora de esa batalla diaria al odio, con su palabra hecha carne: racismo. Se mueve hacia quienes ven el dolor de los cuerpos en conflicto. El sentido ya no pasa sólo por lo racional, porque aunque hayan explicaciones no se comprenden las torturas de la ignorancia y el odio. El efecto de poner al vacío al público se logra, y también se anuncia en los juegos de tela que hace la protagonista: vacilante, desafiante, juguetona y en la horca.

Por otro lado, la música hace de contrapuntos en la historia; las canciones son alegres y nombran a la melancolía, hablan de una salida con menton erguido y sonrisa amplia, y son estallidos inevitables y renovadores. El blues y el jazz van de la mano para que Rosa cuente esa historia que no la deja tranquila en su taller, pero que recuerda con mucho esfuerzo y se multiplica hasta un gran clamor que no solo le pertenece a ella. He ahí la riqueza de esta obra, porque expresa en el cuerpo el dolor del racismo y a su vez se propaga para comprender las secuelas del odio, sea cual sea su nombre.

El último viaje de Saramago

Una de las ilustraciones de Günter Grass. Tomada de: www.publico.pt

Una de las ilustraciones de Günter Grass. Tomada de: http://www.publico.pt

Reseña para El Comercio (Ecuador)
Gabriela Toro Aguilar

José Saramago al inicio del diario de su última novela se pregunta “por qué nunca se ha producido una huelga en una fábrica de armas”. Aquella inquietud anecdótica, producto de varias lecturas y películas que había visto el nobel portugués, lo llevó a su último viaje literario.

En ese diario el lector ya ve a un Saramago emocionado “es posible, quien sabe, que quizá pueda escribir otro libro”. Las dolencias de la leucemia crónica que aceleró su muerte eran una seguridad fatal; en más de una ocasión tuvo que dejar la planificación de la escritura de ‘Alabardas, alabardas, espingardas, espingardas’.

Y aún así ya tuvo, desde un inicio, una trama clara. Artur Paz Semedo, oficinista del departamento de facturación de armamento ligero y municiones anhela el cargo de facturación de una de las secciones de armas pesadas de Producciones Belona S. A., empresa que lleva décadas en el mercado bélico. Su esposa, pacifista convencida, se separa de Paz Semedo por la insoportable convivencia con el trabajador de esta empresa armamentística; lo que desata entre ambos una serie de eventos cada vez más comprometedores.

Con su característico lenguaje sencillo, Saramago dibuja los perfiles de sus protagonistas. La mujer lleva en sí la frontalidad y la inconformidad que empujarán a Paz Semedo ir más allá de su pasiva satisfacción laboral, arista que también está presente en otros personajes femeninos de la pluma de Saramago. Mientras que el contador va de un hombre de pocas palabras y pocas preguntas, a un ser más inquieto, al que todavía le quedan por resolver los misterios que se han puesto en su camino de trabajador de mediana categoría.

Ahí está latente la densidad saramaguina, una vez más expone al ciudadano ejemplar, envestido con las convenciones sociales y el rígido seguimiento de la ley, a la ruptura de lo establecido. Lo correcto: seguir a cabalidad cada procedimiento y función que debe hacer Paz Semedo, o lo impensable: dudar de su trabajo, dudar de su jefe y de la empresa para la que trabaja por años.

El contador de Belona S. A. recuerda al hombre de la novela ‘Todos los nombres’. El enigmático y parco Don José no está lejos de Artur Paz Semedo; los dos escarban en asuntos aparentemente imprecisos para encontrar indicios de aquello que les lleve al próximo peldaño. Saramago da giros a sus personajes, y de lo poco que se ve a Paz Semedo se puede especular que podría haber sido una gran novela, o al menos así lo han señalado algunos críticos.

Pero no pasará de eso: una especulación. Lo cierto es que sin los fragmentos del diario literario del portugués, más los textos de Roberto Saviano y Fernando Gómez Aguilera (destacando los relatos de Saviano a manera de crónicas) y las ilustraciones de Grass, lo que quedó de ‘Alabardas, alabardas’ no tiene aun peso.

Al novelista le faltó tiempo, con una trama ya construida, con personajes ya dispuestos a recorrer los recovecos de una historia de intriga, con un ambiente enriquecido con tintes de novela policiaca y con toques de humor negro, definitivamente ‘Alabardas, alabardas’ se proyectaba como una gran propuesta narrativa. Eso sí, este es un libro de colección, para tener en manos lo último del sutil y profundo Saramago.

* Publicado el Lunes 6 de abril del 2015, en la sección Cultura de El Comercio (Ecuador).