¿Quién es Vanessa Landínez Ortega?

Este es un perfil de una mujer joven, madre, trabajadora independiente, pilar emocional de su familia

Publicado el 23 de abril, 2018 en laperiodica.net

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El retrato de Vanessa en la sala de su hogar. Foto: Ramiro Aguilar Villamarín.

“…el recuerdo etéreo de tu presencia espiritual carcome lentamente mi corazón. ¿Te recuerdas cuando tenías 6 años y te llevaba de la mano a dejarte en el Jardín…?”

Carta de Alberto Ortega a Vanessa Landínez Ortega
Noviembre de 2013

Una bebé que a sus pocos años tendría el cabello rizado y castaño oscuro nació un jueves 17 de junio de 1976. Vanessa Maritza Landínez Ortega fue la primera nieta de la familia Ortega, fue la niña que su tío Alberto llevaba de la mano al jardín y a la escuela, fue la ahijada y sobrina de Rocío V., fue la única hija de Ana Ortega. Vanessa fue la niña que con menos de dos años vio a su madre enfrentar un duro divorcio con su padre.

A veces hacía sola sus deberes, muy concentrada, esperando a que llegue Ana. A Vanessa la tenían que ir a buscar en los huecos hechos en la calle de su barrio, quizá tenía 4 o 5 años y ahí se escondía con sus amigas y amigos, jugando en los pequeños túneles y cráteres de una pavimentación que demoraba en llegar. Rocío la encontraba llena de tierra, con las uñas sucias y muy feliz. Ana, al regresar de su trabajo en Quero, un pueblo de Tungurahua mayoritariamente indígena y bastante empobrecido, encontraba a la pequeña arrancando una hoja del cuaderno. Para Vanessa algo había salido mal y todo debía empezar de nuevo, no soportaba utilizar el borrador, y con diligencia, sin levantarse del asiento, sin esperar la orden de un adulto, comenzaba otra vez lo que ya había hecho. Quizá por eso cuando se torció uno de sus brazos en un ejercicio no volvió más al curso de gimnasia, tenía 7 u 8 años y pudo haber pensado que no era lo suyo, que sería bueno seguir buscando.

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Ana Ortega, madre de Vanessa. Foto: Ramiro Aguilar Villamarín.

Sentada en un modesto sillón, Ana recuerda la meticulosidad y exigencia que llevaron a Vanessa a tener las mejores notas en la escuela y el colegio, de hecho, formó parte de ese grupo que algunos estudiantes envidian y que otros desprecian tanto. En su delgada cintura, un día de 1994, cargó una bandera que muchas estudiantes del colegio Hispano América de Ambato besaron en aquel acto ritual del juramento a la bandera, incluida su amiga Paulina Villacís, que copiaba los deberes de Vanessa para no tener malas notas en contabilidad. Para esos años, Vanessa ya medía el poco más de metro y medio de estatura y ya tenía la delgadez que conservó después, excepto cuando estuvo embarazada de su hija Camila (nombre protegido). Sigue leyendo

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¿Dónde está la verdad?

Ocho ‘Mujeres sin piedad’ deciden si un joven es culpable o inocente de un asesinato.

Publicado el 29 de marzo, 2018 en laperiodica.net

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Foto: Miro Aguilar Villamarín

En una sala calurosa y durante una hora, ocho mujeres que conforman un jurado tendrán que deliberar si declaran culpable o inocente a un muchacho acusado de asesinar a su padre; de resultar lo primero, él tendrá sus días contados. Así es que al inicio, y con altisonancia, muchas ya tienen lista su decisión: el joven es culpable y no hay nada que lo ponga en duda, aunque una de las mujeres sí cuestiona algunos vacíos del juicio.

En ese giro frente a la “verdad absoluta” se sostiene toda la trama de ‘Mujeres sin piedad’; obra adaptada de Reginald Rose con la que terminan su aprendizaje actoral en el Laboratorio Malayerba: Andrea Brito, Esther Cevallos, Julia Lozada, Sara Noboa, María Gabriela Serrano, Ximena Torres, Belén Valencia y Verónica Villegas.

Ciertos rasgos personales, la manera de ponerlos en acción frente al conflicto de la sentencia de muerte, se revelan en el hilo delgado de la duda razonable. Ahí está el punto más fuerte de la obra –dirigida por Gerson Guerra, y en la dirección actoral por Charo Francés–; pues se confrontan dos lugares muy distintos de ver la verdad, de construirla: ya darla por hecha versus pensar cómo se puede llegar a ella, si es que existe. Las ocho mujeres se debaten sobre hechos, especulaciones, fallos de la memoria, lógicas sin sentido que hacen tambalear lo que han creído. Es así que en el transcurso de ‘Mujeres sin piedad’ cada personaje se despoja con poco pudor de sus razones, no siempre motivadas por la búsqueda de responsabilidad de un acto condenable.

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De izq. a der.: Ximena Torres, Mara Serrano, Esther Cevallos, Belén Valencia, Julia Lozada, Andrea Brito, Verónica Villegas. Foto: Miro Aguilar Villamarín.

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Poner en práctica el deseo

Entrevista a Marta Dillon de Ni Una Menos-Argentina

Publicada el 28 de febrero, 2018 en laperiodica.net

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Marta Dillon. Foto: Anita Pouchard Serra.

Los ojos de Marta Dillon van hacia dentro de quien los ve, su voz es clara, incisiva y su risa se expande sin pudor a las miradas ajenas. Marta es conocida, en Argentina –el territorio que la vio nacer–, y en otras latitudes, por su larga trayectoria periodística (ha publicado cuatro libros, es editora del suplemento Las 12 y gestora del suplemento SOY del diario argentino Página 12) y por sus luchas; por ver de frente y poner el cuerpo a la violencia y la desaparición de su madre Marta Taboada en manos de la dictadura cívico-militar, a la moral que decreta la muerte y castiga el deseo de quienes viven con VIH, a un sistema hetero-patriarcal que vuelve invisible la existencia de las disidencias sexuales y de las familias diversas. Cualquier resumen de su derrotero de vida, su trabajo y sus militancias le queda corto. Marta también estuvo en el tercer Encuentro Latinoamericano de Mujeres ELLA en diciembre del año pasado en Cali (Colombia) y es una de las fundadoras del colectivo Ni Una Menos. Ahí, en la Universidad del Valle pudimos conversar con ella.

¿Marta, qué puntos se debe comunicar para que las mujeres se movilicen contra las violencias machistas?

Para mí hay varias cosas. Las mujeres en general, las lesbianas, travestis y trans estamos asistiendo una revolución existencial, micropolítica, que ha modificado mucho el umbral de tolerancia frente a las violencias y eso está directamente ligado a las movilizaciones masivas que han sucedido en muchos países, unas y otras están interconectadas porque justamente en la era de la información, aun en la era de la posverdad, hay imágenes, voces, carteles que circulan. Si pensamos en el poder que tienen algunos carteles que las mujeres pintan y ponen a circular en la calle, unas empoderan a otras, y [eso] modifica un discurso de la violencia machista que, en general, estaba muy relacionada con las imágenes, en los discursos públicos estaba muy relacionada la victimización: al dolor, a la pérdida, que eso por supuesto que está. Sigue leyendo

La imprescriptibilidad de los delitos sexuales

El inicio de un debate sobre justicia social

Foto: Karen Toro

Artículo de opinión publicado Revista R, Revista para un debate político socialista, Segunda época, año 1, número 1. Páginas: 11-14.
Republicado en laperiodica.net

La imprescriptibilidad de los delitos sexuales contra niñas, niños y adolescentes (población mayoritariamente afectada por este tipo de violencia de género), en un principio, debería servir para que los abusos sexuales, las violaciones, el incesto y otras formas de violencia sexual –reconocidas por las Naciones Unidas como formas de tortura y, por lo tanto, crímenes de lesa humanidad– puedan ser denunciadas por las y los sobrevivientes tiempo después de haber sufrido uno o varios eventos traumáticos como los abusos sexuales en la infancia.

Un panorama desalentador

Es obvio que casi nadie se opone al SÍ en esta pregunta; a excepción de unos cuantos por fidelidad a la línea correista. Sin embargo, hay varios puntos urgentes que vale aclarar y preguntarnos -lejos del entramado jurídico–.

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La palabra de mujer siembra paz

Las mujeres construyen paz y resiliencia desde sus comunidades, una entrevista en Cali.

Publicado el 28 de enero, 2018 en laperiodica.net
Muchas gracias por las fotos a Anita Pouchard Serra [bio abajo ;-)]

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Foto: Anita Pouchard Serra

…el dolor no es para encerrarlo en el pecho, sino para sacarlo a pasear, invitarlo a bailar, componerle una canción, volverlo copla, convertirlo en palabra viva.
Fragmento del libro ‘Ecos, palabras de mujeres’

Cuando Iris Moreno Hurtado empezó a hablar sobre el Grupo de Mujeres de la Casa Cultural del Chontaduro (CCC) fue casi imposible que no la regresaran a ver las más de 50 mujeres que llenaron un aula de la Facultad de Ingeniería de la Universidad del Valle (Cali, Colombia). Todas estaban ahí para escuchar experiencias resilientes en la Mesa de sanación y activaciones, el tercer día del Tercer Encuentro Latinoamericano de Mujeres ELLA (12-15 de diciembre del 2017). Y cuando empezó a cantar Elvira Solís Segura –sin previo aviso, pues nadie esperaba más que charlas–, tiempo después de la intervención de Iris Moreno, todas estaban perplejas por la voz de Elvira, las de sus compañeras que hacían de respuesta o de coros y por el ambiente de canto tradicional afrocolombiano. De las otras dos exposiciones, la experiencia del Grupo de Mujeres se caracteriza por la unión de expresiones artísticas con historias de resiliencia.

Iris Moreno y Elvira Solís –conocida como Brigitte en el medio local de la música folklórica del Pacífico colombiano– son mujeres negras y forman parte del Grupo de Mujeres de la CCC, al igual que las más de ocho mujeres que estaban con ellas el 14 de diciembre en Univalle. Esta casa es un espacio político-cultural que ya cumplió 31 años en el Distrito de Aguablanca, sector popular muy conocido y estigmatizado del oriente de la capital del departamento del Valle del Cauca. En la capital mundial de la salsa es de conocimiento general que en Aguablanca –sector que reúne a las comunas 13, 14 y 15– está casi la mitad de la población afrocolombiana de Cali; un poco más de 300.000 afrocolombianas y afrocolombianos, según las estadísticas realizadas en la ciudad hasta el 2013. Es decir, casi el 50% de la población afro de la tercera ciudad más grande de Colombia (el equivalente ecuatoriano de Cali, en número total de población, sería Quito) está en este distrito; simbólico por ser habitado por mujeres y hombres desplazados por la violencia del conflicto armado, el crimen organizado o porque no encontraron dónde vivir por sus pocos recursos económicos y por ser negras o negros.

Para dimensionar este panorama de exclusión, empobrecimiento y racismo –ahora que Latinoamérica y el mundo mira expectante la compleja y conflictiva implementación de los Acuerdos de Paz– vale recordar que en el país vecino (con más de 49 millones de personas) 8 millones 286 mil 32 personas son víctimas del conflicto armado interno, y de ese universo de mujeres y hombres (cis y trans, de distintas etnias, edades y estratos económicos) 7 millones 338 mil 996 personas han sido desplazadas, según lo indica el Registro Único de Víctimas(RUV) hasta el 1 de enero de 2018. Más de 7 millones de personas, un poco menos de la mitad de la población ecuatoriana, tuvo que dejar sus hogares, tierras y comunidades para poder vivir. Según un reporte del 2016 del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR), Colombia fue el país con mayor cantidad de personas desplazadas a nivel mundial, después le seguía Siria. Y para finalizar este brevísimo recordatorio, volver a Cali, la ciudad valle que, según el RUV, ha recibido a 173.473 personas desplazadas de otros departamentos colombianos a causa del conflicto armado interno; la gran mayoría mujeres, niños y niñas.

Ahí también están las voces de Iris Moreno, Elvira Solís y sus compañeras del Grupo de Mujeres. La Periódica, en su recorrido por el encuentro ELLA, entrevistó a estas dos mujeres creativas, trabajadoras y feministas negras comunitarias.

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Iris Moreno Hurtado. Foto: Anita Pouchard Serra.

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