La mujer del animal

Víctor Gaviria, Colombia, 2016, 120’

Publicada el 13 de junio en la revista digital laperiodica.net

Fotograma de La mujer del Animal

Amparo, una joven de 18 años, escapa del internado de monjas y acude a la casa de su hermana en un popular y periférico barrio de Medellín. Ahí conoce al Animal, apodo de Libardo, un hombre adulto temido por todos en el barrio. Son los años 70, la violencia es generalizada, se la vive en el día a día y se impregna en la manera de ser y de relacionarse. Como diría la antropóloga y filósofa feminista Rita Segato ahí la violencia es el aire que se respira.

Un ciclo de horror que parece interminable invade a Amparo desde que el Animal se acerca a ella. De una especie de libertad condicionada en el internado pasa al barrio desconocido y empobrecido pasa al sistemático aislamiento en un lugar que todos ven pero que nadie quiere reconocer. La voluntad de la protagonista ni siquiera es tomada en cuenta, sí existe, pero al Animal no le importa destruir a una joven mediante el acoso, la violación, el secuestro y otros medios que amenazan la vida. Amparo bien podría ser Perséfone. No es que a Hades nadie lo vio cuando apareció abriendo las grietas de la tierra, el mito del rapto se cumple porque hay quienes ayudan y también son parte del ser que gobierna desde la fuerza violenta; una fuerza impulsada por un halo de muerte y terror.

La potente narración de La mujer del animal se sostiene expresamente desde el fraseo de las imágenes en movimiento: el énfasis que hace en ciertos momentos, la manera de cortarlos y remontarlos. Por ejemplo, en los planos generales desde lo alto de las comunas (barrios periféricos empobrecidos) Amparo mira a Medellín y la ciudad solo está ahí, distante y real, pero siempre aparece lejos e inalcanzable; como si el barrio no fuera parte de ese todo urbano. Como si lo que vive Amparo no importara. En esas tomas también está el abrumador desamparo. Un espaldarazo al tiempo del dolor y ante los ojos del mundo que está en mutis. Y en otro momento la cámara toma distancia para que el público observe a la protagonista intentando romper con la angustia, tratando de dialogar consigo misma en medio de la marisma.

La fotografía del cuarto largometraje de ficción del director colombiano, que estuvo fuera de la pantalla grande por 12 años, se corresponde a lo real: los movimientos siguen a la protagonista, al hombre que la violenta constantemente y cuando es necesario la cámara dice cómo y quiénes son las “ninfas” que no intervienen en el rapto de Perséfone. También se muestra cómo se construye la compleja amalgama de la complicidad para que el Animal haga todo con total impunidad. Una impunidad que le es útil al Animal y sus cómplices para inspirar miedo y obtener del barrio y las mujeres sus bienes y sus modos de sostener la vida cotidiana.

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Fotograma de La mujer del animal

El público es envuelto en un dilema: le conmueve lo que ve o es parte de la historia del Animal. Quien sale intacto de ver esta película debe considerar qué significa en su vida el hermetismo ante el terror. Así de potente es la crudeza de La mujer del animal porque coloca a quien la ve en contra de la violencia o a favor de ella, porque ni el silencio ni la indiferencia son una opción.

En el relato se ve que Amparo no tiene a su alcance formas de liberarse de esa situación y, sin embargo, quien cuenta el dolor, el encierro y la impunidad es la propia protagonista. Se ve a una superviviente. En esas decisiones narrativas y representativas de la historia sucede algo muy interesante: a lo largo de la película los actos más atroces no son expuestos directamente en la pantalla pero están colocados de tal forma que se sabe su presencia inexorable. Esto también dice que las sensaciones ahora son parte del cine del director colombiano.

En este giro Gaviria se pone, de nuevo, del lado de las historias que no se quieren ver. Basta preguntarse ¿de quiénes son las historias que cuentan los medios masivos? Las de los agresores, ¿cómo lo dicen? Con morbo, juzgando y desacreditando a las víctimas. El sello de su discurso es la distancia insensible –y con la objetividad el escudo termina de justificarse en un supuesto lenguaje “neutral”– y así copian la actitud del poder y de la sociedad frente a la violencia: no mires, no hables y no escuches porque así es la vida y ya se les pasará. Este lugar propio de la falta de empatía es el lugar que justifica la violencia por medios sexuales, como esta está naturalizada el sentido común pone en tela de duda y juzga a todas las mujeres que rompen con cualquier cosa que haga tambalear el orden patriarcal; por eso parece extraño que aunque sean pocas las personas que defienden públicamente a agresores el orden es desacreditar, juzgar y ser insensibles con las víctimas. Este lugar es el de los agresores porque sus actos responden a una subjetividad intrínseca y útil al poder que detentan; en La mujer del animal no se habla de un psicópata o de un desviado* sino de un hombre que, como cualquier otro, mira a una joven y a todas las personas como objetos. Se ven las consecuencias de la mirada expropiadora, del despojo y de la omisión del mundo entero.

La apuesta de esta película es la de poner los puntos sobre las íes, con crudeza. La mujer del animal le hace frente a la insensibilidad y la apatía de cualquier persona y de toda una sociedad. Es un ensayo visual lúcido sobre la violación como estrategia política y económica de dominación de todo un tejido social; por eso, cuanto menos patriarcal sea cualquier sistema más libertad social habrá, empezando con la de las mujeres y todo el tejido social que sostienen.

[*] Por este giro en La mujer del animal es que Víctor Gaviria supera a Fritz Lang, de largo, en M el vampiro de Dusseldorf y a cualquier película que asigna la figura del desviado a los varones agresores. Gaviria no construye al agresor como un desviado ni un enfermo mental sino como alguien que está plenamente integrado en su círculo social. Quizá esto tenga que ver con algo del hecho cinematográfico y no solo del hecho fílmico, de cómo Gaviria pudo traducir a su manera el haber escuchado a la mujer que sufrió toda esa violencia en la ciudad antioqueña de los años 70. En otras palabras, el giro de Gaviria fue posible porque tradujo estéticamente la escucha a una víctima, él se hizo partícipe de su historia al tratar de comprender la historia de Margarita, la mujer que le contó parte de lo que vemos en esta película.

El mundo visto por ellas y con ellas

Artículo para laperiodica.net
Publicado el 4 de junio

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Fotograma de Gulistán, tierra de rosas de Zaynê Akyol

La manera de pronunciar el mundo y cómo lo vemos, nos pone los pies en la tierra y su presente. Cuando hablamos del mundo nos referimos a lo concreto, de la vida, sus dificultades, su maravilla y sobre todo de lo que hay ahí en medio: sudor, lágrimas, risas, tierra, lodo, terremotos, ciudades, campos, seres que nacen, viajan, desaparecen, envejecen o que fueron asesinados o torturados; hablamos de su memoria.

En este tiempo en el que la producción y reproducción –inmediata, sin filtros, sin anclas– de las imágenes somete la mirada a la banalización de los malestares contemporáneos se agradece la existencia de las imágenes que en su complejidad nos devuelven el sentido de este mundo de lo real, esas mismas imágenes nos permiten recrearlo y reinventarlo; no reproducen al mundo, sino que al volverlo a mostrar crean otras cosas, esas cosas que el público que las ve decide llevarse e integrarlas a su vida.

La decimosexta edición del Festival Internacional de Cine Documental Encuentros del Otro Cine salió a flote pese a que la coyuntura política y económica del país apunta directamente contra la cultura (en su amplio sentido), la educación y la ciencia; entre otros ámbitos esenciales para la libertad. De todo eso hay en la selección de esta revista que también está acompañada con la entrevista a la directora Florence Jaugey.

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Fotograma de Tempestad de Tatiana Huezo

Si se multiplican las formas del despojo de la vida de las mujeres y del mundo las respuestas del documental también se transforman, no en la vía de la crueldad y su exacerbación, sino en las de la creación para dar más espacio a las resistencias. El documental se vale de las grandes historias, las que son vividas por países o pueblos enteros y también de las cotidianas; incluso se ha valido de la ficción para poder contar lo que pasa aquí y ahora.

Tempestad de Tatiana Huezo se inscribe en esa opción vital: se escuchan las voces de dos mujeres contando sus historias en las que ellas fueron protagonistas de la más terrible injusticia, la que es perpetrada por el Estado en colaboración estrecha con el crimen organizado. Las imágenes de Tempestad sensibilizan a su público con el dolor, el miedo, la desesperación y la fortaleza de continuar con la vida; no son imágenes alentadoras ni tampoco terroríficas, son las imágenes de viajes en las carreteras de un país militarizado, son tomas de pueblos que parecen abandonados, esas imágenes también pueden remitir al día que cualquier persona tiene cuando va de un lugar a otro. Lo que pasa ahí nos puede pasar a cualquiera, por eso estremecen los rostros anónimos, porque son la evidencia de la arbitrariedad brutal de la violencia. Este documental es una obra maestra: sonido, música, imágenes, lugares, voces y conversaciones están en su justa medida y de manera experimental, incluso, para que el público empatice con la realidad de México y porque también sus protagonistas cuentan cómo enfrentaron al terror y al miedo.

Otra de las obras maestras es Gulistán, tierra de Rosas de Zaynê Akyol. La vida de las guerrilleras kurdas se muestra sin artificios, no hay panfletos y cada una se deja ver en su individualidad sabiéndose parte de un proyecto histórico; todo esto lo sintoniza la directora con algo tan kurdo, tan de los pueblos ancestrales de Medio Oriente que es el sentido poético que tienen de la vida. Las imágenes son de una belleza exquisita y se corresponden a los actos de esas mujeres que conocen que mientras haya un mundo que oprima a todas las mujeres no será posible la libertad. Cinematográficamente, Zaynê Akyol avoca por las sensaciones para sentir algo de la guerra contra la que luchan estas mujeres y sus compañeros kurdos, el sonido habla por lo que no se puede ver: lo que quiere infundir el Estado Islámico y los otros Estados que quieren borrar la historia kurda.

En otra sintonía está Comunión de Anna Zamecka, este conmovedor y sutil documental pone al espectador frente a un fenómeno tan común como naturalizado, el cuidado de la familia que recae en las mujeres, en este caso su protagonista adolescente: Ola; quien, a decir de la cineasta Carla Larrea Sánchez, es retratada desde el día a día de su vida en familia: “su padre disfuncional, su hermano autista y su madre que vive lejos”. Para Carla Larrea Sánchez, que colaboró con La Periódica en el visionado de Comunión, este documental permite observar “la complejidad de las relaciones familiares” además que llama a la reflexión “acerca del rol de las mujeres en la familia y en la casa. Pues la necesidad que tiene Ola de unificar y sostener a su familia va más allá del llamado ‘instinto materno’, es la evidencia de años, siglos de una estructura social que nos ha responsabilizado a nosotras, las mujeres, de ser el centro que cohesiona las familias.” De modo que ahí está uno de los grandes aciertos de Comunión: las disyuntivas de Ola entre el amor propio y el amor a su familia y el preguntarse –desde el amor– por el bienestar y las decisiones que marcan la vida.

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Fotograma de Tierra de mujeres de Amaia Merino y Fernanda Sosa.

Líneas que podrían juntarse pero que tienen sus particularidades están en Las mujeres deciden de Xiana Yago, Tierra de mujeres de Amaia Merino y Fernanda Sosa, y Girasoles de Nicaragua de Florence Jaugey. Acá se ven historias cotidianas que son más cercanas aunque no se las quiera ver ni escuchar.

Tierra de mujeres relata, a manera de una crónica y tras una interesante investigación de Paula Castello, las historias de vida de cuatro mujeres de las parroquias rurales de Quito enfocándose en su resiliencia; lo único reprochable del documental es el uso folklórico de cantos y vestimentas indígenas, pues sale como un dato de contexto cultural pero no se ancla con el relato del documental.

En cambio, Las mujeres deciden tiene que ver con la salud sexual y reproductiva de niñas, adolescentes y mujeres adultas de la Costa y la Amazonía ecuatorianas; en sus 60 minutos topa temas muy complejos (aborto inseguro, embarazo adolescente, violencia sexual e incesto) de manera breve, de modo que no se conectan sólidamente entre sí. El documental impacta por el peso del tabú de los temas –en especial el del incesto que es tan tabú que tampoco se lo menciona explícitamente–, lo que impide acercarse a los mismos de otra manera que no sea el efectismo. Aun así vale decir que su potencia está en la posibilidad de generar diálogos que aborden estos temas sellados por el silencio y la omisión social.

Girasoles de Nicaragua se vuelca a retratar el trabajo de las facilitadoras judiciales de algunas de las trabajadoras sexuales de la organización Girasoles Nicaragua. Si el público se desmarca del estigma podrá apreciar el día a día de estas mujeres trabajadoras mientras brindan ayuda legal a sus compañeras y a la ciudadanía en general en casos civiles y penales que requieren de mediación y acompañamiento. Como parte de la cobertura al festival se realizó una entrevista a la realizadora Florence Jaugey que pueden encontrarla aquí.

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Fotograma de Desde que bailas de Álvaro Torrelli y Beatriz Osorno.

Tres películas en especial confrontan al público con lo difícil de las relaciones afectivas: Desde que bailasde Álvaro Torrelli y Beatriz Osorno, No tienes idea de cuánto te amo de Paweł Łoziński, y Amazona de Clare Weiskopf. El documental de Álvaro Torrelli y Beatriz Osorno se destaca en especial por hilar fino y mostrar la intimidad de una pareja en pleno proceso de divorcio, en ese momento se ve a una mujer discapacitada y empoderada que se ha forjado un camino propio frente a muchos obstáculos y a un hombre introvertido y nostálgico de su matrimonio. Desde que bailas se destaca, en especial, por su sutileza al dibujar la diferencia entre la violencia de género y la complejidad de lo afectivo.

Por esa línea van los dos documentales de madres e hijas: No tienes idea de cuánto te amo y Amazona. En el primero ellas se ven en varias sesiones terapéuticas para resolver problemas que todavía les pesa mucho en su relación; ahí empieza un camino para comprender a las madres también como personas y no solo como una mujer ideal que quizá acompañó de la mejor manera el crecimiento de sus hijas o hijos. Amazona es más como un viaje que lleva en el equipaje videos y fotos familiares, pero que confronta a la madre con dos hechos concretos en la vida de la hija y realizadora: la llegada de su hija y la drogodependencia de su hermano, uno de los cuatro hijos de la mamá de Clare, Val. La directora no niega los resentimientos que tiene con su madre y sin que sea contradictorio también se ve el cariño que le expresa, basta ver el tipo de tomas y el cuidado en reconstruir la memoria de esa mujer que se fue contra muchas reglas de la época y que después de muchísimos viajes termina viviendo en la selva colombiana. Lo interesante y polémico de Amazona es que lo que ha significado la libertad para Val es aquello que podría reprochársele sino fuese porque el panorama del descuido hacia sus hijos no solo dependía de ella.

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Fotograma de Ama San de Cláudia Varejão.

Sobre la imagen propia y yendo por la vía de la autoreferencia, Las lindas de Melisa Liebenthal juega con la idea de la belleza en una mujer cis (es decir, mujeres cuya identidad de género coincide con el género que le asignaron al nacer, mujeres no trans, por decirlo de otra manera), de lo que se ha aceptado y se ha construido socialmente como bello. La fotogenia, el cuerpo y sus transformaciones, la socialización y erotización precoz y exacerbada de los cuerpos de las adolescentes pasan por la lupa fresca y divertida de Liebenthal. Las lindas es un documental que hace tambalear a la imagen femenina “ideal” con preguntas simples y actos comunes y cotidianos.

Por último, para cerrar esta mirada a los #16EDOC, un aire fresco, de mucho trabajo y con sabor a mar traeAma San de Cláudia Varejão. Es conocida la tradición de más de 2000 años de las buceadoras japonesas de Wagu que buscan moluscos y otros animales de mar sin usar oxígeno. En este documental que se conjuga cinematográficamente con el oficio de las Ama San se observa la rutina de estas trabajadoras del mar. La cámara las acompaña, no interviene pero crea un poema sobre sus vidas: la música está en los momentos comunitarios, se monta con la experiencia espiritual de estas mujeres y con sus instantes familiares. Se podría decir que este documental es un homenaje visual a estas mujeres y a su oficio ancestral.

En esta edición de los EDOC hubo, como siempre, un panorama muy amplio para seguir conectándose con lo real. Faltaron muchas películas por ver y por mencionar en este artículo, sobre todo aquellas que hacen memoria: La memoria de los huesos, Quilapayún más allá de la canción, La piel del camaleón, En el intenso ahora, El Paso, Ukamau y ké, Labaka, Pelé mi paraíso, 52’’ y muchas más. El documental cada vez más se afirma desde la creación con lo real –cualquiera que sea el tema o el campo que explore– y así es como en estos tiempos de imágenes narcisistas y banales la posibilidad de ver estas otras historias de realizadoras, realizadores, de mujeres y hombres de carne y hueso refrescan la mirada para tomar más aire y seguir caminando aunque el poder quiera apagar las luces de la vida.

Cecilia

Crónica para laperiodica.net
Publicada el 1 de mayo en el especial “Solo tenemos las calles”
Fotografías: Karen Toro Aguilar y Gabriela Toro Aguilar
[Tiene algunas correcciones del texto publicado originalmente]

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Son las ocho de la mañana y más de ocho mujeres y tres hombres ya han comprado sus paquetes de periódicos para venderlos en distintos puntos del Centro Histórico, mientras tanto, Cecilia Jauregui Ramírez viene desde el popular barrio de Solanda, al sur de Quito. En el bulevar de la avenida 24 de Mayo pocos negocios como el punto de distribución de periódicos y un par de restaurantes costeños ya reciben a su clientela, otros empiezan a abrirse y vendedores autónomos de ropa, utensilios de cocina, frutas, verduras, empanadas, jugos de coco, tamarindo y naranja ocupan las calles. Esas mujeres y hombres, al igual que Cecilia, que por lo general empiezan su jornada laboral antes de las seis de la mañana, dan vida a ese punto de la ciudad; son su sistema muscular, sin ellas ni ellos el movimiento en el Centro sería otro.

Doña Cecilia Jauregui Ramírez lleva puesto su delantal, así sale todos los días de trabajo, que son todos los días, “llueva, truene o relampaguee”, como lo dice ella misma. Aunque ese día las nubes de abril no tapan al sol. Discute y negocia jocosa con las mujeres que distribuyen los periódicos y al terminar la pequeña carga pone algunos diarios en la mochila que tenía casi vacía y empieza a subir por la avenida en dirección hacia San Roque, popular e histórico barrio capitalino.

Esta mujer que trabaja desde los siete años es conocida por donde va. Sus pasos son seguros, firmes y cuando es necesario apresurados. Saluda cálida con una trabajadora sexual, ríen y se hablan del horario “oficial” de inicio de la jornada y se despiden rápido, pues las dos ya están en sus labores. Se desvía de la avenida esquivando el ruido intenso y repetitivo de la maquinaria que construye el metro de Quito y que molesta y llama la atención de los transeúntes. La geografía urbana del lugar está cambiando, hay casas enormes que están a la venta, algunos locales están cerrados y los quioscos de flores y los pulgueros de ropa ya no están. Sortea con agilidad los autos y los bultos de comerciantes autónomos y para en la esquina de la calle Cuenca. Cariñosa, saluda a una vendedora de helados, la mujer que pasa de los setenta años le obsequia uno de sus dulces fríos. A pocos pasos, en la Cuenca y Bolívar, doña Cecilia regala el helado a una niña que está cerca de una clienta, quizá es su hija.

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“- ¿Ya cogió el Extra o está trabajando?
– No ve que estoy trabajando.
– Ya, trabaje mi amor.”

En voz alta, sacándola desde su estómago, sin un hilo de temblor, para que todos la escuchen, dice de un tirón: “Comercio, El Extra” y en seguida con su modulación regular “buenos días veci”. Otra vez, mientras camina, conversa, observa atenta y vocea: “Amor de mi vida, Comercio, La Hora, El Extra, ¿la negra? Ya ¡chao! Comercio, La Hora, El Extra, Comercio, El Diario”.

A su llegada a San Roque, el barrio ya está despierto pero faltan un par de horas para que esté en el pico más alto de movimiento. En la esquina de las calles Bolívar y Chimborazo doña Cecilia deja la mochila, va por los asientos –que son chancletas de jabas de cerveza más cartón y tabla triplex–, retira el parasol y el coche exhibidor de la casa de una vecina. Ella arma su puesto de trabajo todos los días que va al barrio del centro.

Cuando quedan periódicos al final de la jornada, a eso de las cuatro o cinco de la tarde, –dependiendo del día, el clima, si es de lunes a viernes o fin de semana– no hay manera de recuperar lo invertido, “se pierde la plata”, dice. Son dos meses que en los puntos de distribución no reciben devoluciones de los periódicos que la gente no compró. “Antes se vendía con carnet, solo los vendedores que éramos, ahora vende el que más puede, pero no debería ser así sino preferencial los que ya venden años”. Doña Cecilia, frente a la precarización que está a la orden del día, es una mujer resuelta y práctica. Tiene clientes fijos, le pagan semanalmente, le piden que guarde o lleve un periódico en especial –sobre todo los que tienen poquísimas ventas–, algunos le pagan por anticipado y otras personas le fían.

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“Esas son las circunstancias que se dan –Hola mijo–, todos los voceadores chillan y zapatean, como cuando nosotros éramos comerciantes en el tiempo de mi mamá, –Hola mi reina, ¿cómo está?– nosotros hacíamos huelga, nos botábamos a las camionetas, poníamos dobles candados, con qué finalidad: por conseguir, por lo menos, que nos reciban los periódicos… mi mamá casa nos hubiese dejado, con las pérdidas de los periódicos y todo, no hay nada, nada. El voceador es el menos tratado de todo el comerciante que hay. Porque lo que usted vende no se le daña; el periódico, hoy día no vendió, ya se le pasó, no le reciben, ni nada, ¿y qué hace usted? Pierde, ¿usted tendría otro capital para mañana?… Antes no nos devolvían la plata, perdíamos el dinero, no había nada; entonces ahora quieren volver al mismo tiempo y no estamos aptos para perder el dinero. Lo poquito que se vende acaso se gana un platal, de todos los días cinco centavos por periódico queda. Solo sábado y domingo usted ve por lo menos un dólar de ganancias que se culminó. Tres dólares en todo el día. Sin embargo, como yo le ofrecí a mi mami quedarme en el puesto, me quedé. Pero, ¿con tres dólares qué hace usted?”

El miércoles y el jueves fue al mercado Mayorista a vender implementos de aseo y utensilios de cocina, uno de esos días las lluvias sobrepasaron los límites regulares en el sur. “Ni del cero salí”. “No se pierde porque no se vende, pero tampoco se trata de eso. Todo eso es un proceso, si yo no vendiera eso mato de hambre a mi familia y me muero de hambre yo”. Doña Cecilia, como cientos de miles de mujeres en Quito, es parte importante del sostenimiento económico de su familia, ella también aporta de su trabajo para el cuidado de su nieta. La mamá de Erika falleció después de dar a luz, por eso sus dos abuelas y su padre se organizan para cuidarla. “Dese cuenta. ¡Extra! Todo eso es un proceso, yo tengo que darle el estudio a la niña, vestuario, educación y todo. No se alcanza, por más que sea valiente.”

En los días ordinarios con lo poco que gana de los periódicos compra mercadería para vender en los mercados y las ferias de Cotocollao, el mercado Mayorista, Tumbaco y cerca de El Quinche. Todo ese recorrido lo termina a las siete u ocho de la noche, hora a la que parte al sur. Pero si tiene que vender la lotería se queda en la casa de su hermana o en la de la abuela de su nieta, que viven en el centro. Ese es otro negocio en el que doña Jauregui Ramírez se arriesga a la pérdida, así como con los periódicos si no compran los boletos ella pierde todo lo invertido; quienes siempre se quedan con los beneficios son quienes tienen los mayores privilegios, aunque baje el volumen de ventas.

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“No vendió, ¿qué hace usted? ¿va a dar de comer las letras a sus hijos? No. ¿Qué le quedó? El papel. ¿Por cuánto se vende y cuánto compran? Veinticinco centavos la libra, treinta centavos, y llorando… ¿Qué tenemos los voceadores? Solo tenemos las calles.”

A sus 63 años no piensa dejar sus actividades, porque jubilarse propiamente dicho no podría hacerlo. Las veces que se ha ausentado de sus labores ha sido cuando ha estado enferma. Por lo general, en invierno sus amígdalas se afectan y va a hacerse chequear con un doctor. Su mamá, doña Josefina Ramírez, reconocida vecina y voceadora del barrio que trabajó hasta los 90 años, edad a la que falleció, tuvo serias afecciones en su voz y sus ojos. De ella aprendió a auto emplearse. Con su hermana Genoveva recuerdan que vendían cosas para poder pagarse los dulces. Doña Josefina les repetía que debían aprender a trabajar para no depender de nadie, así sus maridos tampoco les pedirían cuentas. Se acerca el mediodía y doña Cecilia, con una sonrisa muy discreta, dice que almuerza cuando llega a casa, después de trabajar.

De entre todos los trabajos que ha hecho recuerda haber lavado y planchado ropa, hizo de “albañila”, se ocupaba de la limpieza y el cuidado de casas en Cumbayá, fue empleada doméstica y ayudante de cocina. Con todo eso crió y dio todo lo que pudo a sus ochos hijos e hijas. Doña Cecilia es jefa de hogar. “Nunca me afilié al seguro porque antes le tenían dos o tres meses trabajando y luego le decían ‘gracias’; entonces no tenía un trabajo fijo”. Ahora también vende papel, pasta dental, cepillos de dientes, jabón de baño, pilas y cortaúñas. “Se busca lo que más se pueda vender”.

Hubo un tiempo en que lo que más vendía era ropa interior y medias. Pero desde que los préstamos informales se tipificaron como delito de usura, doña Cecilia no pudo volver a tener un préstamo para invertir en mercadería más rentable. Los requisitos que piden las instituciones que forman parte del sistema financiero ecuatoriano son imposibles de cumplir para ella. Su experiencia con las prestamistas, más conocidas como “chulqueras”, fue distinta a la de otras personas; los intereses eran bajos mientras cumpliera el trato que se cerraba con su palabra, pagando a tiempo. A eso se sumó que se hizo cargo del puesto de su madre en la esquina de la Bolívar y Chimborazo, lo que le trajo muchas pérdidas. Otro tema que también le ha afectado ha sido los descuentos y el reparto gratuito de los periódicos en instituciones educativas. En efecto, a las dos de la tarde todavía quedan más de la mitad de los diarios que compró en la Veinticuatro de Mayo.

Quienes pasan por esa esquina de San Roque no pueden evitar verla. Ella da las coordenadas a la gente que está perdida, escucha las preocupaciones, quejas y propuestas laborales de otras mujeres que están en situaciones similares a la de ella. No pierde ni un detalle de lo que sucede en esa esquina. Está atenta cuando una niña o un niño muy pequeño van a cruzar la calle solos, si hace falta se levanta de su puesto y los toma del brazo para acompañarlos. Si pasan adolescentes fumando estupefacientes los mira alerta pero sin alterarse, de igual manera reacciona cuando están cerca jóvenes en estado etílico o si asoma algún carterista.

Esta mujer práctica, carismática y que también tiene sus reservas, recibe visitas de su hijo Ricardo, padre de Erika, y de su amiga doña Yolanda, otra mujer vendedora autónoma y vecina de San Roque. El ritmo en el barrio se ralentiza. Doña Cecilia cuenta que Ricardo es mecánico automotriz pero desde hace dos años que no tiene empleo fijo, ahora él trabaja como maestro plomero, electricista o de guardia. Este lunes primero de mayo tiene planeado retomar la búsqueda de trabajo.

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Se quedó viuda a los 35 años y no volvió a casarse. A sus 14 años sus abuelos la obligaron a contraer matrimonio con un hombre mucho mayor a ella, dice que si no hubiese sido así quizá no hubiese tenido hijos. “De dos manotazos me metieron al cuarto y al día siguiente a las cuatro de la tarde ya estaba casada por el civil, y el sábado por el eclesiástico, yo pensaba que estaba repitiendo la primera comunión” irónica dice, “qué bonito que ha sido”. “Cuando me separé de mi difunto marido le dije ustedes me hicieron casar pero yo me separo”. A doña Jauregui Ramírez le gusta hablar de las decisiones que ha tomado en su vida, cuando lo hace su mentón está arriba y su voz y su porte son de entereza y orgullo. Sin vacilaciones.

Un acto paradójico sucede cuando doña Cecilia vocea. A ella se la puede escuchar con claridad varios metros a la redonda, incluso dentro de las casas del barrio. Su voz es inconfundible. Sin embargo, casi nadie quiere tomar en cuenta las condiciones laborales, la falta de seguridad social, las inexistentes oportunidades de crédito y todas las otras circunstancias que impiden que ella tenga estabilidad económica y los mínimos beneficios de ley que deberían corresponderle por ser trabajadora. ¿En qué estadísticas entran las mujeres como doña Cecilia Jauregui Ramírez, las que aportan a la producción de la ciudad sin seguridad social, horarios fijos ni salarios? Vidas en cuerpo de mujer que sostienen a más de cuatro o cinco miembros de sus familias, mujeres que –literalmente– luchan todos los días por llegar a sus hogares y comer y saber que su gente y ellas mismas están bien.

A las tres y media de la tarde llega una de sus hijas y conversan algunos minutos mientras observan el juego de cartas de Ricardo y doña Yolanda. Después de un rato salen a “dar una vuelta”. Ricardo y doña Yolanda juegan con método y concentración, su objetivo es ganar la mayor cantidad veces. A las cuatro de la tarde se vende el último periódico del día, con la ayuda de Ricardo.

Después de caminar con su hija por el barrio llega quince minutos antes de las cinco de la tarde y ya no hay tiempo para ir a los mercados del norte. Ricardo dobla el parasol y lo guarda. En el exhibidor quedan ocho. Doña Cecilia guarda unos en su mochila, otros los deja en el exhibidor y guarda los asientos. Conversa con sus hijos y espera en la esquina a que llegue Erika. El primero de mayo no descansará ni saldrá a marchar. Quizá venda más periódicos que el sábado.

Retrato de doña Cecilia

Fotografía: Karen Toro Aguilar

De qué sirve no callar

Gabriela Toro Aguilar para laperiodica.net
Nota publicada el 20 de abril, 2017.

Con Sara nos encontramos 30 minutos antes de las 9 de la mañana, el tiempo exacto para que llegue puntual a su trabajo; por eso no le pregunté si ese era el motivo para tomar dos buses en una ruta tan corta para esta ciudad alargada. Ella caminaba ágil hasta la primera parada, donde luego cambiaríamos de bus. Apenas subimos me dijo “esta vez tuvimos suerte”, noté que su preocupación no era que le abran el bolso. Sabía a lo que se refería: en la unidad no había mucha gente y por eso no tendríamos que fijarnos mucho en la cercanía a nuestros cuerpos de quiénes estaban detrás o al lado. Aunque el bus se detuvo por alguna falla técnica —a la cual los ocupantes parecían estar acostumbrados, porque nadie se quejó ni preguntó al chófer qué pasaba, ni este decía qué estaba sucediendo—, Sara sonreía, irónica.

Es una joven profesional y vive en el Centro Histórico de Quito. Me dice que nunca se acostumbrará al acoso, aunque esté ahí, en las calles, en su vida y en la de las otras, 365 días al año. Hace más de cuatro años rompió todo contacto con uno de los mejores amigos de un exnovio. El hombre, un joven no vidente, la tocó y forzó para besarla cuando ella estaba de espaldas mientras lo ayudaba a colocar cosas en una estantería, pues él es comerciante y ella confiaba en él, como se confía en un amigo algo cercano. Desde ese episodio, Sara tiene sus reservas con los hombres no videntes, aunque no son los únicos de los que prefiere mantener distancias en ciertas ocasiones.

Como Sara, cientos de mujeres rompieron el silencio del acoso desde el 13 de enero en el grupo cerrado de Facebook #PrimerAcoso #NoCallamosMas. Ahí, ellas contaron experiencias violentas que han marcado etapas de su vida. Cuando a algún conocido, allegado (de sus familias, de la escuela o el barrio, que son la mayoría) o desconocido no le importó su seguridad ni integridad habían sido niñas, adolescentes o adultas. Esa carga innecesaria de culpa, vergüenza y miedo empezó a soltarse cuando otras leían las historias de sus conocidas, amigas, hermanas, vecinas, compañeras de estudio, colegas y desconocidas. Así lo decían ellas mismas.

En cinco días sus miembros llegaron a ser más de 26 000 y ese día, el 18, se hizo pública la fanpage de la iniciativa. Sus organizadoras, entre ellas Verónica Vera y Kika Frisone, relataron en el encuentro grupal del 28 de enero en el Parque El Arbolito que la iniciativa no se quedaría en lo virtual y que la invitación es replicarla y sumarse a ella. Efectivamente, en el grupo cerrado, se inició espontáneamente una serie de derivaciones entre mujeres abogadas, psicólogas, trabajadoras sociales, entrenadoras, coachs, periodistas, escritoras, tatuadoras y más profesionales que ofrecieron sus servicios para generar más acciones que visibilicen la violencia contra las mujeres, niñas y adolescentes. En Guayaquil y Cuenca también se hicieron reuniones grupales para conocer las percepciones y emociones de las participantes.

Según las estadísticas del Municipio de Quito, 84% de mujeres usuarias “identifica el transporte público como inseguro”. Hasta noviembre de 2016, aproximadamente 500 usuarias denunciaron haber sido acosadas en las unidades del Trolebus, Ecovía y Corredor Sur Oriental, según la concejala Daniela Chacón. El dato que maneja el programa municipal ‘Cuéntame’ es que de todos estos casos (de enero de 2015 a enero de este año) 92 ya han pasado por la instancia judicial. Los más recientes se registraron en noviembre del año pasado y obtuvieron, cada uno, una sentencia condenatoria de seis años y medio de privación de la libertad para dos hombres que abusaron sexualmente sin penetración a dos mujeres en distintas unidades de la Ecovía.

Hace pocos días se implementó la iniciativa ‘Bájale al acoso’. Con el mensaje de texto “Acoso (y el número de la unidad donde se registre la agresión)” al 6367, la o él chófer activa una alarma que anuncia por los altoparlantes: “¡Atención! En este momento se ha registrado un caso de acoso en esta unidad. Les pedimos estar atentos”. Igual que el programa Cuéntame, esta iniciativa forma parte de las estrategias institucionales del Municipio de Quito contra el acoso sexual en los espacios públicos.

Las usuarias de transporte público en Quito son miles, con diversidades funcionales, de diversidad sexo-genérica, de distintas edades y etnias, y no solo se movilizan en el sistema integrado. Las estadísticas del Observatorio de Seguridad Ciudadana y del Patronato San José arrojan que 91% de usuarias (mujeres, adolescentes y niñas) han sido agredidas en el transporte público. 91% de mujeres que se mueven por la capital y que su integridad ha sido vejada con toques, roces, miradas, insultos, frases que pretenden calificar sus cuerpos según cierta mirada masculina, dichos que demuestran que el hombre (de cualquier edad, estrato económico y oficio) que los dice tiene poco o nulo poder sobre sí mismo y cree tenerlo sobre cualquier mujer, de modo que puede comentar “galante” u obscenamente sobre ella, su espacio o su misma existencia.

Por el momento, las iniciativas institucionales cumplen una demanda de hace varios años para atender y prevenir el acoso. Sus resultados, según el discurso mediático municipal y gubernamental, se miden en los casos judicializados, pues así, se dice, se deja un precedente de que el acoso sexual sí es un delito y se deja en la mirada pública que algo se está haciendo al respecto. Sin embargo, hay mucho que hacer y sacar a la luz. Y este llamado no solo es para que hayan más estrategias entre instancias estatales y municipales.

“Entiendo que la idea se trata de hablar del primer acoso, es una tristeza para mi decir que no tengo sólo una historia, sino que he me encontrado en simultáneas y terribles situaciones de abuso sexual y mental.

Sin embargo, está bien presente el recuerdo, entre los más actuales, de una fiesta que terminó en un abuso sexual, aun me cuesta llamarlo por su nombre sin sentir culpa (…) Lo recuerdo bien a él porque durante ese semestre intentó siempre agradarme y se notaba que quería estar cerca de mí, que buscaba ganarse mi confianza.”*

Encuentro de No Callamos Más – Primer acoso. 28 de enero, 2017, Quito.

Cuando Sara escribió una de las experiencias violentas que más la ha marcado, –cuenta– temblaba, se culpó, maldijo, se dio cuenta que tenía mucha desconfianza y dolor acumulados. Al compartir esta experiencia, conocidas y amigas suyas la respaldaron, le hicieron saber que no estaba sola y que no tuvo ninguna responsabilidad cuando la convirtieron en víctima. Dice que aunque se sintió expuesta e incómoda, sí le ayudó publicar esa historia en el grupo cerrado. Ahora habla del tema y en enero estaba buscando clases de yoga.

La búsqueda por romper el pacto social de silencio que domina a la sociedad ecuatoriana desató otras reacciones; en ese ejercicio de encontrar sentido a la experiencia dolorosa que acerca a la muerte, pues la violencia tiene esa huella: la de anular la existencia.

#NoCallamosMas no solo empezó a visibilizar viralmente en Ecuador la dimensión de la práctica misógina del acoso y el abuso, también sacó a flote el impulso de vida de las mujeres que deciden romper los círculos de la violencia. Por eso se entiende que, sin esperar algún tutelaje, muchas hayan dispuesto sus conocimientos y experiencias para iniciar procesos de acompañamiento (defensa personal, grupos de sobrevivientes de violencias, asesoría legal y psicológica) y que muchas hayan contado que empezarían a generar dinámicas de auto-cuidado en sus vidas.

Encuentro del 28 de enero, 2017.

“La violencia no era tan evidente, no habían golpes, ni insultos; la violencia estaba en la cotidianidad, en mi anulación diaria, y por lo tanto fue más difícil reconocerla, identificarla y romperla. Llegué a sentir que no tenía voz, que no tenía derecho de reclamar porque eran siempre tonterías, dentro de mi sólo crecía una herida (…) Me costó reconocer que fui maltratada agredida, que fui permisiva, que dormía junto a un tipo que me pudo destrozar la vida, pero que por suerte salió de ella a tiempo.

Gracias mujeres por enseñarme que no estoy sola.”*

*Estos testimonios públicos y anónimos fueron tomados del blog nocallamosmas.wordpress.com, no pertenecen a una misma mujer y fueron combinados a la manera de un collage para este artículo.

Desempolvando

Puerta de flores en Pacto, abril 2014.

Aprendiendo a pedalear, diciembre 2014.

Luz y cuerpo, abril 2014.

Ventana hacia el astillero, febrero 2014.

En ciertas ocasiones he establecido una relación extraña con las fotos que tomo: intento retener la imagen porque algo en el tiempo (que nunca podré mantenerlo, y quizá ahí está su ‘magia’) en el que ella era otra cosa (recogerse el cabello, correr alegremente, la luz del sol) me mueve y me lleva a otro momento. Luego olvido porqué las tomé pero sé que hay algo en ellas que tiene un gesto que lleva a otro momento de mi mirada. Regreso a ellas y ahí están, con sus gestos, sus movimientos, sus luces: haciéndome regresar a aquello que sigo buscando retener.

Para que no me olvides

Marcela Serrano. Chile, 1993

paraqueno

Blanca sufre una enfermedad que le impide expresarse –con su cuerpo, hablando o escribiendo- aunque pueda comprender todo lo que la rodea. La afasia, el trastorno del lenguaje que padece Blanca, la obliga a conectarse con sus experiencias y deseos más íntimos pese a que sean frágiles y se disuelvan en su memoria, como mismo efecto del accidente cerebral.

En la enfermedad, Blanca repasa sus experiencias como mujer, madre y esposa; una vida de aparente equilibrio y sin grandes alteraciones que es trastocada con la presencia de dos mujeres muy distintas a ella: Sofía, su nueva cuñada, y Victoria, amiga de Sofía e hija de un hombre desaparecido por la dictadura chilena.

Para que no me olvides (1993) le da voz al mundo de esta mujer de clase media alta chilena y realiza una autopsia de la sociedad a la que pertenece. Lo que pasa en Blanca: lo que ella niega y se niega, así como las cosas que quiere omitir pese a la necesidad apremiante de que salgan a la luz –pues el hecho de ocultarlas solo podría traer más conflictos-; le pasa a todo Chile mientras sale de la dictadura militar a inicios de los noventa. Quien lee es testigo de un renacimiento doloroso y apasionante. Las nuevas exploraciones que se permite las hace casi en la clandestinidad, pues sus pequeñas alegrías son revisadas con la lupa de la moral conservadora de esa sociedad.

La escritora chilena Marcela Serrano atina en construir esta historia como un tejido. Se vale del mundo interno sembrado por la enfermedad de Blanca recurriendo a sus recuerdos y a un pasado inmediato que está latente en ella y en sus imposibilidades de comunicación y el deseo de otros tiempos. Blanca, Victoria y Sofía piensan, hacen, leen y hacen el amor; son seres que buscan la libertad en un entorno social y cultural más que hostil. Serrano nos las presenta en diálogos filosóficos y psicológicos; a veces a modo de un guión teatral, otras a la manera de una conversación de aparente banalidad cotidiana que guarda sutilmente la lucidez y sensibilidad de sus personajes.

Esta novela de Serrano no solo es el discurso amoroso de Blanca, una mujer que quisiera mantener el orden de las cosas, una mujer a la que criaron para que se comportara como el personaje femenino de una mediocre película estadounidense de los años 50 pero que algo salió “mal” en el guión. Para que no me olvides es un espejo que acerca a lo más sensible, doloroso y hermoso de Blanca, Victoria y Sofía.

“A las tinieblas se llevaron mis palabras y a veces las busco, tendiendo mis oídos al silencio. El silencio escucha burlándose. Él y yo ya lo sabemos: las palabras no volverán.

Todas las palabras del mundo, en todas las lenguas, formulaciones y acepciones ya fueron dichas. Se han conformado en miles, millares de bocas y cerebros, todas ellas.

No me han dejado ninguna.

Las tinieblas me recortan del espacio de los otros y a su vez me resguardan. Me expulsan con ferocidad y sin embargo me dan fuerza. Una fuerza que desconozco y que no comprendo.

Siempre al abismo.

Me atollo en mis horribles ruidos y callo.”

La langosta y su ilusión

The Lobster (La langosta)
Yorgos Lanthimos/2015/113′

Fotograma de The Lobster (2015)

Fotograma de The Lobster (2015)

En un mundo de apariencias perfectas solo se puede vivir con pareja. Por eso David, después de que lo deja su esposa, es llevado de inmediato al hotel por el que deben pasar otras personas como él: solas, y no por elección.

El sistema de rutinas y relaciones forzosas se revela poco a poco. Para que funcione esa normalidad, el hotel y su objetivo (que todas las personas tengan parejas y vivan felices y juntos para siempre), obviamente como en cualquier sistema que busca la perfección, también se sostienen en la destrucción del enemigo y en la sanción de hábitos que serían propios de los enemigos.

The Lobster (La Langosta) del director griego Yorgos Lanthimos, nos cuenta la experiencia de David de querer adaptarse a su nueva vida de hombre solo en búsqueda de una pareja. El principio, el fin y el modo de las cosas están establecidas e interiorizadas, tanto que hasta lo que se sale de la ley ya se ha normado. Lanthimos, con esa huella brutal, nos dice que no hay opción, elección o desviación posible en el mundo de David. La máxima es que cualquier cosa que se salga de la norma será castigada de un modo terrible, y será aceptado socialmente porque la norma ya es asimilada como lo “normal” o “natural”.

Lanthimos dibuja en la ficción de The lobster la gran aspiración fascista de este mundo real. Si el capitalismo pudiera controlar a cabalidad los comportamientos, las formas de relacionarse y las finalidades de los cuerpos (¿suena a bio-política?) estaría un peldaño más arriba de la vida que quiere imponer. Y ¿por qué no?, la figura del control absoluto pudiera ser el amor romántico; ese amor ideal de la complementariedad, lo idéntico, lo que no tiene errores, la entrega abnegada de los cuerpos feminizados, la posesión que lleva el signo masculino, etc.

La correspondencia con lo real a ratos estremece. El director hila fino con una fotografía impecable, propia de ese mundo casi apolíneo, que sobresale especialmente cuando la música estalla en momentos de gran dramatismo. La voz que lleva la historia, será, en cambio, eso que le imprimirá cierto misterio a lo que vemos (y una pista del encargo que la película les hace a las mujeres). Otro acierto es el extraño humor hermanado con lo absurdo de ese mundo sin sueños. Todas las elecciones narrativas de The Lobster parecieran caber en su sitio; porque al pasar nivel tras nivel, con mayores dificultades, goces y obstáculos, se encuentra un final que desconcierta.

Quisiera extenderme en algunos puntos muy interesantes de esta película (el tratamiento sobre la naturaleza en general y la naturaleza humana, el ejercicio del poder de las figuras femeninas y de las masculinas) pero esto sería un análisis y no el pequeño texto que pretendo. The Lobster, como toda película digna de repetírsela, tiene capas -unas más tramposas que otras- que pueden ocasionar perturbaciones en sus espectadores y eso la hace recomendable.

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La insignificancia

La insignificancia, amigo mío, es la esencia de la existencia. Está con nosotros en todas partes y en todo momento. Está presente incluso cuando no se la quiere ver: en el horror, en las luchas sangrientas, en las peores desgracias. Se necesita con frecuencia mucho valor para reconocerla en condiciones tan dramáticas y para llamarla por su nombre. Pero no se trata tan sólo de reconocerla, hay que amar la insignificancia, hay que aprender a amarla. Aquí en este parque, ante nosotros, mira, amigo mío, está presente con toda su evidencia, toda su inocencia, toda su belleza. Sí, su belleza. Como has dicho tú mismo: la animación es perfecta, y totalmente inútil, los niños ríen, sin saber por qué, ¿acaso no es hermoso? Respira, D’Ardelo amigo mío, respira esta insignificancia que nos rodea, es la clave de la sabiduría, es la clave del buen humor.

La fiesta de la insignificancia. Milan Kundera, 2014. Tusquets.

Guayaquil, 2014. F: Gabriela Toro.

Guayaquil, 2014. F: Gabriela Toro.

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