Me he transformado

Me he transformado
Apuntes para ir a Cuerpos que (se) miran

Colaboración publicada en La Barra Espaciadora
09 de julio, 2017

Performer Lisa Bufano

-I-

Siendo quien soy
en un tiempo
me faltó algo
¿me falta?
No soy la ausencia
me he transformado

Frente a un cómodo puff está Bill Shannon, artista, bailarín y coreógrafo estadounidense. Se mueve entre los autos, sube veredas, baja veredas, balancea una maleta y da pequeñas piruetas mientras está en su patineta. Es una ciudad grande y hay mucha gente alrededor. A lo lejos, Shannon parece una hormiga. En otro video baja unas gradas: se mueve en ellas como un gusanillo, ocupa las paredes, las toca con su cuerpo. Se deja caer, está en el piso un rato y se levanta. No oculta su condición y tampoco parece decir “esto ya lo superé”. La enfermedad de Perthes –que puede afectar de manera irreversible la cadera por la destrucción de la cabeza del fémur a temprana edad– hizo que Shannon adoptara las muletas para movilizarse, a su manera. “Pobrecito”, sueltan unas estudiantes de maestría. El asombro se rompe. De repente, lo que decía Shannon con sus movimientos intrépidos, eso que pudo capturar el video, es llevado a un estado que se reviste falsamente de sensibilidad y que tiene más de ceguera extrema que la propia condición de la discapacidad visual.

De todas las cosas que expresa Shannon en sus movimientos, ¿qué podríamos sumar a nuestras vidas?; de todo lo que se puede ver y notar, ¿qué nos gustaría aprender? Una pista, sin salir de la sala, la puede dar la artista Lisa Bufano en sus videos-performance. Toma sus prótesis, adaptadas a sus necesidades, y baila. Se encoge, se estira. Es una araña, es un murciélago. ¡O una sirena! Camina con dificultad, recorriendo su casa, tramo a tramo. A veces juega, a veces duerme, a veces hace algo que solo ella puede hacer. Bufano y Shannon hacen que el espacio cotidiano se llene de significado. En esa manera de habitar y de ser se reinventan una manera de vivir y, por lo tanto, ya no cumplen con ciertas expectativas.

Una certeza revolotea en Cuerpos que (se) miran: cuando las personas con discapacidad hacen lo que quieren a su manera, la vida se parece a un abanico abierto a cientos de posibilidades y el mundo se pone en jaque. Ahí se encuentran las primeras voces o, mejor dicho, los cuerpos con discapacidad. Las y los artistas han tomado sus propias herramientas para decirnos otros modos de sentir la vida.

Cuando la persona con discapacidad y las personas que forman parte de su entorno han decidido enfrentar ciertas limitaciones físicas, mentales o sensoriales –sí, limitaciones, porque para tratar la discapacidad sobran los eufemismos y no hay capacidades especiales sino que las que hay se han aminorado o limitado–, sin las amarras opresoras del prejuicio, se quiebra el artificio cruel de la vida normal. Ese mismo artificio que empuja a millones de mujeres a juzgar sus cuerpos y que comparte cierta genealogía con el entramado que crea estigmas sobre las personas con padecimientos psíquicos. Y, además, en un giro potente, se le devuelve a la discapacidad toda la complejidad que significa ella en la vida de las personas con discapacidad y las personas de su entorno. De modo que las personas con discapacidad son eso: personas que pueden o no identificarse con su discapacidad, personas con gustos particulares, llenas de virtudes y defectos, personas con historias de vida complejas, a su manera.

¿Qué hay en ese brazo-mano-piernas-o-lo-que-sea que no están o que funcionan de manera diferente que tanto molesta a alguien para que le quite la mirada? O, mejor dicho: ¿qué hay en esa mirada esquiva que solo quiere ver con pena, lástima, repulsión o morbo? Eso, cuando hay “algo” que “ver”.

La discapacidad interpela hasta el tuétano al que no tiene discapacidades –es decir: al sujeto que es normal según la ideología capacitista– porque lo que ha determinado a la discapacidad es la construcción histórica, reflejada en la imagen social, que hay sobre la discapacidad, mas no la propia discapacidad. Aceptar esto significa empezar a dinamitar una subjetividad vacía de empatía y que no quiere comprender al Otro; cuando tambalea esa subjetividad cae pedazo a pedazo la exclusión, la discriminación y la opresión que produce el hacer de menos o hacer especial a la discapacidad. Ahí, en ese nuevo terreno de las relaciones interpersonales, no pasarían desapercibidas ni incomprendidas las personas con discapacidades.

Justamente las fotografías en blanco y negro y los poemas en escala de grises de Cristina Mancero generan ese efecto. Conchas pequeñas de formas geométricas perfectas y misteriosas acompañan las palabras de la fotógrafa, documentalista y poeta quiteña. Parecen salidas de un tiempo primigenio, originario, donde el cuerpo se expandía en mil formas sin el juicio del ojo unificador. Más de cerca, un poco más cerca, con la nariz casi pegada al papel –si se tiene miopía–, están los poemas. Pero las conchas también pueden ser una invitación a ponernos en la piel de la artista y sentir la pérdida de una cuerda vocal, sentir la extrañeza de esa pérdida en medio de la garganta. Y los poemas podrían ser una declaración de principios, como éste:

-II-

pero no, no es un cráter
estoy sostenida en un cráter que no termina
agolpada entre silencios
como nidos,     como    o  j  o  s
estoy inacabada y brilla luz
aun en sombra
estoy por otro tipo de calidez
por cúmulo
la luz también tiene color
y alrededor, exploto

Si este mundo necesita explotar para expandirse, para encontrar otra calidez, que salga pronto la lava de lo más hondo de ese volcán, que veamos el cráter y que la nueva luz empiece en los cuerpos que se miran.

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