La plegaria de Maqroll el Gaviero

Chandui_ooh

Foto: Gabriela Toro. Chanduy, Guayas, 2013.

Sólo, y encerrado en una mina, el Gaviero hace una plegaria al mar -su verdadero territorio- para que la fiebre del oro no lo lleve a la locura. El fragmento forma parte de Amirbar (Empresas y tribulaciones de Maqroll el Gaviero, de Álvaro Mutis)

Amirbar, aquí me tienes escarbando las entrañas de la tierra como quien busca el espejo de las transformaciones,
aquí me tienes, lejos de ti y tu voz es como un llamado al orden de las grandes extensiones salinas,
a la verdad sin reservas que acompaña a la estela de las navegaciones y jamás la abandona.
Por los navíos que hunden su proa en los abismos y surgen luego y una y otra vez repiten la prueba
y entran, al fin, lastimados, con la carga suelta golpeando en las bodegas, en la calma que sigue a las tormentas;
por el nudo de pavor y fatiga que nace en la garganta del maquinista, que sólo sabe del mar por su ciega embestida contra los costados que crujen tristemente;
por el canto del viento en el cordaje de las grúas,
por el vasto silencio de las constelaciones donde está marcado el derrotero que repite la brújula con minuciosa insistencia,
por los que hacen el tercer cuarto de guardia y susurran canciones de olvido y pena para espantar el sueño;
por el paso de los alcaravanes que se alejan de la costa en el orden cerrado de sus formaciones, lanzando gritos para consolar a sus crías que esperan en los acantilados;
por las horas interminables de calor y hastío que sufrí en el golfo de Martaban, esperando a que nos remolcara un guardacostas porque nuestros magnetos se habían quemado;
por el silencio que reina cuando el capitán dice sus plegarias y se inclina contrito en dirección a La Meca;
por el gaviero que fui, casi niño, mirando hacia las islas que nunca aparecían,
anunciando los cardúmenes que siempre se escapaban al cambiar bruscamente de rumbo,
llorando el primer amor que nunca más volví a ver,
soportando las bromas bestiales de la marinería en todos los idiomas de la Tierra,
por mi fidelidad al código no escrito que impone la rutina de las travesías sin importar el clima ni el prestigio del navío,
por todos los que ya no están con nosotros;
por los que bajaron en tumbos resignados hasta yacer en el fondo de corales y peces cuyos ojos se han borrado;
por los que barrió la ola y nunca más supimos de su suerte,
por el que perdió la mano tratando de fijar una amarra en los obenques;
por el que sueña con una mujer que es de otro mientras pinta de minio las manchas de óxido del casco;
por los que partieron hacia Seward, en Alaska, y una montaña de hielo a la deriva los envió al fondo del mar;
por mi amigo Abdul Bashur, que toda su vida la pasó soñando en barcos y ninguno de los que tuvo se ajustaba a sus sueños,
por el que, subido al poste de la antena, dialoga con las gaviotas mientras revisa los aisladores y ríe con ellas y les propone rutas descabelladas,
por el que cuida el barco y duerme solo en el navío en espera de los desembargadores de levita;
por el que un día me confesó que en tierra sólo pensaba en crímenes atroces y gratuitos y a bordo se le despertaba un anhelo de hacer el bien a sus semejantes y perdonar sus ofensas;
por el que clavó en la popa la última letra del nombre con el que fue bautizado su navío: Czesznyaw;
por el que aseguraba que las mujeres saben navegar mejor que los hombres, pero lo ocultan celosamente desde el principio de los tiempos,
por los que susurran en la hamaca nombres de montañas y de valles y al llegar a tierra no los reconocen;
por los barcos que hacen su último viaje y no lo saben pero su maderamen cruje en forma lastimera,
por el velero que entró en la rada de Withorn y nunca consiguió salir y quedó allí anclado para siempre;
por el capitán Von Choltitz que emborrachó durante una semana a mi amigo Alejandro el pintor con una mezcla de cerveza y champaña;
por el que se supo contagiado de lepra y se arrojó desde cubierta para ser destrozado por las hélices,
por el que decía, siempre que se emborrachaba hasta caer en el mancillado piso de las tabernas: “¡Yo no soy de aquí ni me parezco a nadie!”,
por los que nunca supieron mi nombre y compartieron conmigo horas de pavor cuando íbamos a la deriva contra las rompientes del estrecho de Penland y nos salvó un golpe de viento,
por todos los que ahora están navegando,
por los que van a partir mañana;
por los que ahora llegan a puerto y no saben lo que les espera,
por todos los que han vivido, padecido, llorado, cantado, amado y muerto en el mar;
por todo eso, Amirbar, aplaca tu congoja y no te ensañes contra mí.
Mira en dónde estoy y apártate piadoso del aciago curso de mis días, déjame salir con bien de esta oscura empresa,
muy pronto volveré a tus dominios y, una vez más, obedeceré tus órdenes. Al Emir Bahr, Amirbar, Almirante, tu voz me sea propicia,
Amén.

Anuncios

Se ha dicho, sea dicho:

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s