El último viaje de Saramago

Una de las ilustraciones de Günter Grass. Tomada de: www.publico.pt

Una de las ilustraciones de Günter Grass. Tomada de: http://www.publico.pt

Reseña para El Comercio (Ecuador)
Gabriela Toro Aguilar

José Saramago al inicio del diario de su última novela se pregunta “por qué nunca se ha producido una huelga en una fábrica de armas”. Aquella inquietud anecdótica, producto de varias lecturas y películas que había visto el nobel portugués, lo llevó a su último viaje literario.

En ese diario el lector ya ve a un Saramago emocionado “es posible, quien sabe, que quizá pueda escribir otro libro”. Las dolencias de la leucemia crónica que aceleró su muerte eran una seguridad fatal; en más de una ocasión tuvo que dejar la planificación de la escritura de ‘Alabardas, alabardas, espingardas, espingardas’.

Y aún así ya tuvo, desde un inicio, una trama clara. Artur Paz Semedo, oficinista del departamento de facturación de armamento ligero y municiones anhela el cargo de facturación de una de las secciones de armas pesadas de Producciones Belona S. A., empresa que lleva décadas en el mercado bélico. Su esposa, pacifista convencida, se separa de Paz Semedo por la insoportable convivencia con el trabajador de esta empresa armamentística; lo que desata entre ambos una serie de eventos cada vez más comprometedores.

Con su característico lenguaje sencillo, Saramago dibuja los perfiles de sus protagonistas. La mujer lleva en sí la frontalidad y la inconformidad que empujarán a Paz Semedo ir más allá de su pasiva satisfacción laboral, arista que también está presente en otros personajes femeninos de la pluma de Saramago. Mientras que el contador va de un hombre de pocas palabras y pocas preguntas, a un ser más inquieto, al que todavía le quedan por resolver los misterios que se han puesto en su camino de trabajador de mediana categoría.

Ahí está latente la densidad saramaguina, una vez más expone al ciudadano ejemplar, envestido con las convenciones sociales y el rígido seguimiento de la ley, a la ruptura de lo establecido. Lo correcto: seguir a cabalidad cada procedimiento y función que debe hacer Paz Semedo, o lo impensable: dudar de su trabajo, dudar de su jefe y de la empresa para la que trabaja por años.

El contador de Belona S. A. recuerda al hombre de la novela ‘Todos los nombres’. El enigmático y parco Don José no está lejos de Artur Paz Semedo; los dos escarban en asuntos aparentemente imprecisos para encontrar indicios de aquello que les lleve al próximo peldaño. Saramago da giros a sus personajes, y de lo poco que se ve a Paz Semedo se puede especular que podría haber sido una gran novela, o al menos así lo han señalado algunos críticos.

Pero no pasará de eso: una especulación. Lo cierto es que sin los fragmentos del diario literario del portugués, más los textos de Roberto Saviano y Fernando Gómez Aguilera (destacando los relatos de Saviano a manera de crónicas) y las ilustraciones de Grass, lo que quedó de ‘Alabardas, alabardas’ no tiene aun peso.

Al novelista le faltó tiempo, con una trama ya construida, con personajes ya dispuestos a recorrer los recovecos de una historia de intriga, con un ambiente enriquecido con tintes de novela policiaca y con toques de humor negro, definitivamente ‘Alabardas, alabardas’ se proyectaba como una gran propuesta narrativa. Eso sí, este es un libro de colección, para tener en manos lo último del sutil y profundo Saramago.

* Publicado el Lunes 6 de abril del 2015, en la sección Cultura de El Comercio (Ecuador).
http://edicionimpresa.elcomercio.com/es/05220918f19c53eb-0cfc-4aa9-aaf4-2dfbc6de7298

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