O.

Pasaron dos o una hora esperando la habitación. Todo el trayecto a O. había sido un ventanal de todo lo humano en ansiedad: la felicidad de lo incierto en una aventura de la que ya no me podía desembarcar; sería un naufragio, una prolongación de una incapacidad tan patética como para nombrarla.

Ya frente al Pacífico nos recibieron cielo con agua y sus vaivenes nublados tocándose copiosos. El olor de la sal, los granos de arena y su brillo gris de playa sin sol eran mi abismo. Todo o nada. Aunque vestida era vulnerable a cualquier gesto, desnuda a la más tímida mirada de aquel hombre, un ser indescriptible venido del puerto de dos océanos separados por un continente, separados por los años. Años los míos sin saltos abruptos en el pecho, de ver luces centelleantes en la retina, de no luchar por la cobija.

Cómo llamar ese todo de pasar por las tormentas, de matar ídolos, de comerse los errores propios, y en un encuentro feliz y solitario coincidir con un otro para ya no ser los mismos.

Ahora no sé dónde estoy -quizá nunca lo he sabido-, me reconozco todavía y con más sonrisas, pero sigo sin saber qué pasa. Es una sorpresa, el abrigo de otro errante.

Mientrasestabas

Mientras estabas en el baño
Julio 2013, Gabriela Toro Aguilar

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