Rodrigo Moreno

… Quiero hacer películas para dialogar con las películas que me gustan y con las que no me gustan y porque también es el modo en el que puedo organizar el mundo según mis ideas, mi criterio de justicia, de belleza y de ritmo. También filmo para poner en riesgo toda esa organización y porque cada película es la oportunidad de probar cosas nuevas y a la vez corregir lo que no me gustó de la anterior.

Por otro lado, cada vez más me gusta que las películas funcionen como un paseo sin un destino preciso ni un finalidad muy clara, o bien como una visita a un mundo o a un estado de ánimo determinado y que no se sabe muy bien cuándo ni por qué va a finalizar. Esto implica por supuesto filmar desde el goce y también con un sentido de la disfuncionalidad, exigente quizás para aquel espectador que sólo busca en el cine ser guiado por los resortes dramáticos de una historia bien definida. El cine, con su profesionalismo funcional e ingenioso, está perdiendo la arista impulsiva, el lado caprichoso que el arte necesita, aquella que nos puede deparar obras imprevisibles, o poéticas o salvajes.

Más allá de esto, trato de establecer una moral para hacer cine, tomada un poco de los cineastas que me gustan y que se convierte en una suerte de sistema caprichoso de creencias formales en el que prevalece la búsqueda de lo real por sobre la búsqueda de cualquier tipo de efecto. De este principio se desprenden algunas características como la economía de recursos expresivos y técnicos, cierta visibilidad de los mecanismos narrativos y un grado de conciencia suficiente como para distinguir el cine de la vida misma. En tal sentido, me interesa que el vínculo entre el narrador y el espectador y entre el narrador y los personajes esté libre de cualquier artificio que modifique la relación que la película propone de entrada con todos ellos. Creo que mediante estos atributos en los que no está para nada exenta la experimentación, doy lugar a que aflore esa voluntad por lo real que mencioné más arriba y que se opone vehementemente al efectismo y a otras manipulaciones por el estilo que proliferan de manera exagerada en el cine de hoy.

Al respecto existe un error en el que se incurre habitualmente: confundir lo real con lo vivaz de un plano. Hoy, la crítica y sobre todo los festivales que privilegian demasiado “lo vivo” y muchas veces esa vivacidad es el resultado de una operación propia del montaje, de la representación de la misma dramaturgia, o peor aún, está al servicio de un artilugio mucho mayor que sólo se legitima mediante es ínfimo gesto de vivacidad. Esto no es más que un uso folklórico de lo espontáneo y que poco tiene que ver con la pureza que pretende demostrar. Para que florezca lo real basta una moral contundente que anule el uso de cualquier truquillo barato y en esto no interesa el género ni el estilo ni el formato.

 Me sugieren también que haga referencia a la independencia. Pero no es esa la diferenciación que más me afecta. Creo que hay un cine luminoso y otro oscuro, hay uno de captura y un cine de construcción, hay un cine que se considera útil y otro que se considera inútil, hay un cine que dialoga con el presente y otro que no, hay un cine poético y otro matemático, hay un cine consciente de la representación y otro que la ignora y prefiere “imitar” la vida, hay un cine moral y hay un cine de efecto, cualquiera de estas dicotomías hoy puede proponer una discusión más elocuente sobre el estado del cine que la de ser independiente o no, que a esta altura ya no dice mucho.

Por otra parte creo que nadie que quiera hacer una película es completamente independiente. Se depende de una estética, de un actor, de un fondo de ayuda, de un instituto de cine, tanto como de un amigo que presta su auto para filmar, como del municipio de Burzaco que otorga algún beneficio para la película o incluso para el director. La independencia es un mito originado en la vanidad de ciertos cineastas que muchas veces quieren mostrarse como cowboys solitarios peleando contra la civilización venidera. La victimización en cualquier orden de la vida merece indiferencia y en algunos casos, rechazo. La independencia leída como bandera o salvaguarda ética, a esta altura no resuelve ninguno de los problemas del cine, que como está visto suelen ser concretos y muy difíciles.

r. moreno 2013

* * *

Rodrigo Moreno (Buenos Aires, Argentina, 1972), director (guionista, profesor, y más cosas) de Mala época (1998), El descanso (2002), El custodio (2006), Un mundo misterioso (2011); entregó ese manifiesto para Las Naves 1: Manifiestos de cine contemporáneo (Argentina, 2013).

En sus palabras se tocan temas complejos del cine del presente: la relación de las figuras de luz de la pantalla con las que las miran -la distancia entre la máquina y el fragmento de lo real, la relación entre ellas-, un tema ampliamente tratado por los teóricos cinematográficos que han estudiado el cine desde el psicoanálisis, la antropología y la sociología, un tema aún no cerrado y ahora pocas veces discutido en la profundidad que lo merece frente a los cambios con las tecnologías. Pero Moreno nos lo dice desde su quehacer y su posición, tan concreta como accesible: lo real no como el efecto que busca la sensación insensata sino el espacio de vida que se susurra en imágenes sutiles, sin grandilocuencia.

Además, está el complicado tema de la independencia. Rodrigo Moreno es crítico y claro frente a las resistencias al cine industrial, pero no evade la dependencia económica a la que está sujeta la producción cinematográfica: hasta para el almuerzo del director de fotografía se necesita dinero (en oposición les dejo un manifiesto del director peruano Eduardo Quispe). Moreno opta por concentrarse en un cine de los contenidos, las formas, los sentidos y no pensarse en lo que comúnmente se asocia como tema de los productores y que sí afecta a muchísimos directores. En fín, ese es el manifiesto de un cineasta y de su cine que hay que ver.

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