El cierre del #12…

Los once días que duran el festival son intensos, agotadores, a veces detonantes, otros días más emocionantes o de mucha ansiedad, y en ocasiones de ligeros amargos. Todo dependía de las películas que había marcado, de las que me enteré a lo largo del año (mis esperadas eran Leviatán, Papirosen, Mitote, Palabras mágicas, Laguna), y de las recomendaciones que venían pasando los días. Y como siempre, los horarios nunca salían como había previsto: retrasos en las proyecciones, películas sin traducir, mis propias salidas a contrarreloj y otros paréntesis más temporales -más míos y otros formales-. Incluso hubo días que no pude ver ninguna de las que yo quería, y sin peros estaba adentro dispuesta a entrar en alguna historia, aunque de todos modos no todo me mueva.

Después que se acabó el festival el domingo 19 sentí una gran pereza injustificada para escribir. No sabía cómo juntar -si debía juntar, porqué hacerlo, y más preguntas de ese tipo- los documentales que había visto. Temas, formatos, maneras de contar, papeles y apuntes sin ordenar. Hasta que finalmente me decidí por esta entrada que cierre ese momento llamado festival.

Una de las películas que más me movió fue Inori (Pedro González-Rubio, Japón, 2012, 72′). Este documental observacional es un guiño a la vida a través de tomas de la vida cotidiana de los habitantes en un pequeño pueblo japonés. El sitio cuenta con pocos residentes pues la actividad agrícola no llama la atención y las ciudades parecen ofrecer más posibilidades de bienestar que trabajar en el campo. Su composición: la exposición de los habitantes, sus anécdotas y preocupaciones, el diseño de sonido y el halago a la belleza simple de las cosas hace de una breve cosecha o cruzar un puente sobre un río actos casi extraordinarios. Inori puede verse como un documental que invita a la contemplación, a la observación minuciosa y a aproximarse a otros ritmos de vida en el día a día que pese a su sencilla narración exige -igual que el trabajo en el campo- de mucha concentración.

Hay muchos documentales construidos con historias personales: Y en el centro de la tierra había fuego (Bernhard Hetzenauer, Ecuador, Austria, Alemania, 2013, 78′), Otto (Cao Guimarães, Brasil, 2012, 70′), First cousin once removed (Alan Berliner, Estados Unidos, 2012, 78′), Papirosen (Gastón Solnicki, Argentina, 2011, 74′), El huaso (Carlo Guillermo Proto, Canadá, Chile, 2012, 78′), y Mapa (León Siminiani, España, 2012, 85′).

fotogr-yenelfotograma de Y en el centro de la tierra había fuego

En la película de Hetzenauer, él se conoce con Vera de Khon, reconocida terapeuta y pionera del zen en Ecuador, su encuentro parte de la necesidad de conocer a la psicóloga y maestra, pero con la participación directa del joven director austriaco, el acercamiento no sólo es a la mujer que huyó del régimen nazi en 1939 desde su natal Praga, sino a recuerdos que -sin saberlo- comparten ambos; Y en el centro de la tierra había fuego, no se encuentra un retrato de la doctora Khon, pues hay rasgos personales negados a la cámara, como su vida cotidiana registrada o sus relaciones familiares, rasgos no filmados que en algunos casos también habla de ella: sus reservas no son caprichos sino necesidades de distancia frente a miradas incomprensibles con la vejez-. Este documental en una hábil e inevitable transformación se muestra como un acto recíproco de entregas de presentes, tanto Vera de Khon como Bernhard Hetzenauer descubren cosas de sí: evasiones pasadas o imágenes nunca rebeladas. Sin embargo también hay una sutil sugerencia de la interconexión de las historias de vida con las historias del mundo: las imágenes tomadas por Khon y luego las de Hetzenauer, quien no deja al azar el tipo de registro que hace de una entrevista con la doctora y de una salida espontánea por la ciudad, llegando a formar incluso tomas que se acercan a lo que podría ser un sueño.

En Otto, First cousin once removed, Papirosen y El Huaso las historias parten de los relatos familiares. Otto se diferencia de las otras por ser la celebración del nacimiento del hijo del director, su construcción es sencilla porque sigue el ritmo de la gestación pero sin centrarse en las imágenes más tradicionales de un embarazo, es una bienvenida a la criatura desde experiencias o actitudes comunes de la madre frente al mundo y el tiempo, a su vez se ayuda de citas poéticas y de una ocasional voz en off del director para preparar el ambiente de acogida a Otto; su tono es delicado así como el documental tiene una composición técnica de la imagen muy cuidada, y aunque roce poco el sentimentalismo se acerca mucho a una estética naif (que no se aleja de las intenciones del documental pero que cada vez es más recurrente en la televisión -publicidad, series- y el cine).

papirosen0b-chfotograma de Papirosen

Papirosen y First cousin once removed se van más por la memoria, y aunque sus ‘protagonistas’ sean judíos se distancian por estilos, montajes e historias, éstos se manifiestan de modos en los que no caben comparaciones. Papirosen es un retrato familiar hecho con material casero filmado por Solnicki en 10 años, la voz y recuerdos de la abuela paterna y las búsquedas inconclusas del padre del director hilan esta especie de homenaje a las resistencias cotidianas frente a los acontecimientos históricos, así se ve a los sobrinos crecer o a la hermana cambiar, pero en un todo que apunta a la importancia de un relato que haga de raíces para sobrellevar grandes dolores, como el refugiarse en un país totalmente desconocido. Esta película, bien por mantener su ritmo en el montaje y el modo de intercalar los elementos de la narración, acerca esa manera de sentir la melancolía de los judíos, pero sin ningún fanatismo, de modo que se hace accesible el sentimiento de pertenencia a una comunidad compleja, y también -tomando en cuenta la ‘primera persona’- a una familia. Se nota que es un documental hecho con cariño, y que hace distancias para ver claro -por ejemplo el director en contadas veces aparece en cuadro-, además no delimita a la memoria y la pertenencia en su comprensión, al contrario de la historia oficial las deja abiertas.

Edwin Honig joven en Tío en segundo grado

First cousin once removed (Tío en segundo grado) es un documental sobre Edwin Honig a través del mal de Alzheimer que lo aqueja como metáfora de la memoria humana y los vanos intentos de retener todo. El sobrino y director Alan Berliner hace un entretenido y didáctico montaje de intertítulos y gráficas entre varias visitas que hace a Honig; poeta, traductor y profesor reconocido en los largos años de prolífica actividad. Ahí el documental se hace homenaje, y se torna también en crítica cuando suma otras voces cercanas que hablan de un personaje cuestionable, tan humano y errante que el mismo Honig anciano se dirá inconscientemente “ese tipo no me sorprende”.

Gustavo Proto es el huaso y el padre del director Carlo Guillermo Proto. Gustavo Proto cree tener síntomas de Alzheimer, pues debido a la ansiedad aumentan sus problemas con el oído y la memoria, a lo que se suma la muerte de su madre con ese mal y otros hechos familiares pasados nada favorecedores para su salud. En El huaso se ve a un hombre sensible debatiéndose mental y espiritualmente entre la vida y la muerte, planteando preguntas difíciles de contestar sin caer en el lugar común del prejuicio moralista. Talvez por eso mucho del documental es acompañado de la voz de Gustavo Proto aunque su director sea su hijo, porque de ese modo hay un contacto con el hombre complicado por sus ideas y expectativas (su manera de hablar es de alguien que dice las cosas para pensarlas con detenimiento, para sembrar dudas) y del otro lado las imágenes sobre ese hombre no tienen ni una pizca de conmiseración ni dureza -es un ejercicio de conocimiento íntimo sobre los otros, mucho más la familia cercana, como extensiones de uno mismo-. Tanto el director como el padre se encuentran frecuentemente para reflexionar sobre la decisión de acabar con su vida; pese a que la situación es inabarcable en una cámara, el cariño se expresa en la tremenda dificultad que significa hablar con quien ha decidido llegar a la muerte de ese modo. Ellos no son los únicos que caben en las decisiones de Gustavo Proto, sus hijas, nietos y esposa se preguntan qué hacer con un pensamiento que no es reciente; ellas son el lado inconforme más explícito de ese momento tan complicado.

fotograma de Mapa

Mapa de León Siminiani es un entretenido documental del director y su búsqueda personal del Yo, justificado en el infortunado resultado de dos pérdidas: el trabajo seguro y un noviazgo de años. Por momentos toca el exhibicionismo sin embargo se guarda de sí con la constante autocrítica que tiene voz propia -el terrible doble interno-, que además le hace saltar de temas: su inseguridad, su romanticismo ingenuo, la colonización de Asia, la crisis económica en España, la arquitectura y más; no obstante ese fastidioso, y sólo por momentos necesario, diálogo interno sí lo lleva a un punto de partida que es el final de Mapa.

La Tola Box (Pável Quevedo, Ecuador, 2013, 87′) y ¿Quién es X. Moscoso? (Juan Rhon, Ecuador, Colombia, Estados Unidos, Vietnam, 2012, 55′) son dos documentales hechos por ecuatorianos que alcancé a ver después de Laguna y Pieldolor. La Tola Box es logrado al momento de acercarse a sus protagonistas, en el modo cómo fusiona la música diegética y extradiegética con el relato de las imágenes impregnándoles el ritmo furioso del hip hop callejero y del púgil; sin embargo al momento de contar las historias de dos de los chicos que entrenan en el gimnasio de box del barrio quiteño se percibe cierto énfasis dramático, es bastante conocido que las vidas de los boxeadores son dignas de historias sobrecogedoras y no sin justificación, pues al deporte del puño no le faltan personajes complejos con vidas en la escasez devenidos en héroes, y este documental no se aleja de la tradición de retratar a los luchadores entre el sacrificio, la constancia y la dificultad pero sin ahondar en ello. Y aún así los chicos se abren a una mirada que quiera conocer qué y cómo se hace el box en La Tola.

 

¿Quién es X. Moscoso? Es un documental entretenido e hilarante que cuenta el acompañamiento de Juan Rhon a Xavier Moscoso, su mentor, a los países donde vivió Moscoso. Además de hacer conocer a un hombre carismático y descomplicado la película se queda lo meramente anecdótico y en el homenaje complaciente. Es cierto que no tiene que haber un punto dramático (entendido lo dramático como afectado y no en su acepción de acción organizada) para todo documental, como lo dice una de sus hijas, pero esa mirada se queda como una excusa para no indagar en otros aspectos de Moscoso, siendo también un punto para que haya tenido bastante acogida entre el público. De otro lado llama la atención una interesante caracterización de X. Moscoso como uno de los últimos de una aristocracia quiteña en decadencia.

Dos películas se me hacen difícil de pensarlas críticamente: Adak (Ofrenda) (Amandine Faynot, Turquía, 2011, 23′) y La certeza (Armando Capó Ramos, Cuba, 2012, 52′), sus referentes culturales me son lejanos, por no decir desconocidos, que hacer una reseña crítica sobre las películas me resultaría incómodo por la poca sinceridad. Adak (Ofrenda) trascurre principalmente en un matadero de corderos, copiosamente se ve cuando matan a los corderos por órdenes de las familias que quieren su sangre para bendecir objetos o salvar a alguien, lo “divino” se mezcla con lo mundano en el intercambio monetario de cada cordero e incluso de sus órganos. Más allá de mostrar el cruel y ciego acto de la matanza legal de esos animales quisiera creer algo más por ver, porque aparte de desagradable me resultó muy pesado de seguirle, o quizá por desagradable resultó pesado.

Fotograma de La certeza

En cambio en La certeza lo difícil para mí es interpretar en un todo coherente las acciones de los personajes del pequeño pueblo de la Sierra Maestra, no es que me confunda ver a un hombre del campo hacer de sacerdote o guía espiritual que no siendo enteramente católico convoca a sus feligreses haciendo rezos a la virgen María a una iglesia que (al contrario de lo que dicen las reseñas del festival) tiene a un Jesús de rostro blanco en la forma canónica de un cartel con la imagen de Ernesto el ‘Che’ Guevara; o al menos eso es lo que vi. Lo que cuenta La certeza me es tan lejano e indiferente que no me pude meter en el documental sólo a excepción de los paisajes captados su trabajada fotografía y el sonido propio del lugar.

Para finalizar este artículo lo que me queda por decir es que las palabras todavía no me son suficientes para describir y evaluar críticamente las películas documentales que vi, la inmediatez que requieren los textos en esos días (para hacer que mis amigas y amigos vayan a ver) y mi vida actual no son compatibles con lo que muchas películas merecían que se diga de ellas; también he excluido otras más por no querer escribir de ellas o porque me dormí por varios minutos en alguna función y no me confío de que lo que recuerdo. Otra cosa, más importante que mis apuntes después de que las luces se encienden, es que el documental hecho por realizadoras ecuatorianas y ecuatorianos ha aumentado y es más diverso en los temas que trata y cómo los trata: Laguna y ¿Quién es X. Moscoso? Son sólo dos de las películas que se alejan del canon informativo del documental, y enhorabuena porque han generado muchas opiniones y preguntas.

De documentales (muchos en pocos días) será hasta el próximo año,
Gabriela Toro Aguilar

Quito, mayo del 2013

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