La servilleta

La servilleta

G. dibuja en una servilleta un croquis para que M. llegue a su casa, ya no está con la gata pero sí con un buen amigo suyo, ahora viven juntos. Mientras tanto M. contiene lágrimas, ¿por qué si apenas había llegado?, ¿si todavía no habían conversado?, pues de la pura rabia. M., con su apariencia de niña seria, mujer de derroteros, silencios y excesos, no tenía puños de acero como siempre lo desea cuando está así. No. Lo que tiene son sueños y certezas que va construyendo de a pasos ligeros. Pero cuando quiere desgarrar siempre empieza por ella, así que fue al baño y se vio al espejo. Ojeras, ojos acuosos, corazón indómito, y nada la calma. Regresa y G. está contento, se ha cortado el cabello él mismo, como ningún punk lo hace, mal trecho hasta la risa, lo único que saca de su desconcierto a M., lo único que la saca de esos diez minutos de charco.

– ¡Oye!, ¿qué te pasó en la cabeza loco?
– Ah, ¡estoy feliz!
– Ya. Pero te pregunté qué te pasó no cómo estás.
– Ah, sí… me corté el pelo.
– Simón, me doy cuenta, pero ¿qué pasó?
– ¿Por qué?
– Está todo mal, tienes muchos huecos, parece césped cortado al apuro.
– No me importa, estoy feliz.
– Qué bueno pana.
– ¿Y vos?
– ¿Yo qué?
– ¿Cómo estás pues…?
– Bien, ahí,… un chance cabreada.
– ¿Cómo así?
– Ya ves esta gente, que se las dan de todo y no hacen nada. Ahora tengo cuarenta y cinco dólares perdidos por su demagogia, y por decir perdidos, porque si me pagaran tampoco gano, ya sabes. Esto no es un negocio.
– Loca, no sé qué decirte, no entiendo nada de esas cosas, pero mira, acá está un dibujo, para que puedas llegar a mi casa. Cuando quieras, cae no más.
– Gracias amigo, últimamente lo he necesitado mucho.
– De nada.
– ¿Y esto? ¿qué es? ¡está todo al revés!
– Ah, no, dale la vuelta. Ya verás. Lo acabo de escribir.

Cuánto de inocencia tendrá el caballo de madera; que nunca lloró de ver que tuvo siempre clavos en las uñas.

 M. lo acaba de leer, se corta su respiración, y el recital empieza. Ambos no fueron a tomar vino, ni cerveza, G. había llevado café cargado en un termo, perfecto anestésico para el momento. La poeta y su amigo músico están expectantes en la pequeña tarima. G. y M. ocupan los primeros puestos del frente, como grandes invitados desconocidos, sus apariencias deja mucho que desear para todos y para el lugar, pero ya nada importa cuando las palabras van alto, nada impide su curso, no saben a qué hora terminará, si es que eso puede terminar.

La poeta recita, ríe, canta, su amigo toca la guitarra, la armónica, habla un poquito. Se acaba ese espacio que se abrió entre el frío, ellos dejan poemas por todos lados, se han caído de la mesa, corren a otras manos. El público se había agolpado a la tarima abaleado por la emoción, todos querían abrazar a la poeta, ella, tan feliz, no se negaba. G. y M. se miran, G. dice “yo a ella le creo todo”, M., recordando al caballo de madera, lo ve cariñosamente, le pasa la mano por el césped, le devuelve el termo de café frío y sin azúcar, “por algo te dije que vengas loco”. Es momento de que cada uno parta la llovizna, recogen unas palabras, se despiden del músico que ha estado afuera fumando un cigarrillo.

38º

La fiebre materializa mi frente,
hervidero de tantas memorias que no me pertenecen,
recuerdos de mujeres a las que nunca conocí
y sin embargo a ellas me une el cordón umbilical de los celos.
Intento cortarlo con mis dientes,
arrancarme el miedo de una puta vez.
La sangre materializa mi boca,
reproduce baterías disfrazadas de palabras que luego me infectan.
Todo lo que nombro está condenado a morir
y ya no escucho a nadie por estas calles de niebla
Sólo un perro moribundo ladra dentro de mí
buscando el último hueso que enterré bajo mi lengua.

(Carla Badillo Coronado. Quito/Santiago, noviembre, 2012)

Gabriela Toro Aguilar

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7 comentarios en “La servilleta

  1. lo leo y se me hace como que es extracto de una novela, o de un cuento laargo. y al menos al comienzo me acordé que nunca te pregunté cómo te va en ese curso que te salió.

    salutes chola.

  2. G. querida, coleguita de temblores y huracanes. Gracias por hacerme parte de este espacio, de tu espacio, ese que va más allá de las letras. Gracias por haber estado ese día, por la prolongación y sensaciones de M. Gracias por estar abierta a las palabras de esta niña-vieja. Luego de ese recital una avalancha de emociones pasaron por encima de mí, por abajo de mi, por dentro de mí. Y en varias ocasiones ese papelito que me entregaste me sirvió como un respiro. Lo digo en serio. Gracias por estar más allá de los espacios. Por que siento que con cierto tipo de gente yo sigo viviendo, y tú eres una de esos seres. Te abrazo fuerte, fuerte.

    • ¡Uy!, de nada Carla, en serio, y lo digo también por considerarme en ese grupo de seres, ¿qué será lo que a una le va haciendo esas juntadas? ¿Puras intuiciones? No lo sé, ni creo que haya que saberlo. Gran sonrisa me sacas, como tus palabras-dagas, regalos. ¡Abrazote y pellizco!

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