El ahogado

Le noyé

Hippolyte Bayard, El ahogado (Autorretrato), 18 de octubre de 1840. Positivado directo. Société Française de Photographie, París (nº 24.269)

«El francés Hippolyte Bayard fue, entre los primeros practicantes de la fotografía, uno de los más sofisticados y audaces. Produjo una increíble variedad de imágenes fotográficas desde los años cuarenta del siglo XIX en adelante. Lo más interesante es su obsesión por los autorretratos. Produjo al menos veinte, en distintas poses y escenarios. No obstante, Bayard practicó, en estos pocos años iniciales de existencia del medio fotográfico, casi todos los géneros de fotografía que hoy conocemos, del periodismo a la naturaleza muerta, del retrato a la ciencia, de la arquitectura al paisaje. [115]

Pese a esta explosión de creatividad y a su papel como miembro fundador y secretario durante muchos años de la Société Française de Photographie, Bayard consideraba que nunca se habían reconocido plenamente sus méritos como inventor independiente de la fotografía. El 5 de febrero de 1839, tan sólo un mes después del primer anuncio de Arago sobre el procedimiento de Daguerre, Bayard pudo mostrar al físico César Desprets unos negativos en papel hechos por él mismo. En el propio diario de Bayard se indica que había realizado sus primeros intentos el 20 de enero, mucho antes de que se hubieran dado a conocer los detalles de los métodos de Daguere o del Talbot. El 20 de marzo pudo presentar ejemplos de su propio procedimiento exclusivo de realización de positivos directos con la cámara (l’effet positif) al litógrafo Pierre-Louis-Henri Grévedon. El 14 de julio (Día de la Bastilla), era un fotógrafo suficientemente experimentado como para exponer treinta de esos positivos en un acto de ayuda a las víctimas del terremoto de Martinica. Según la descripción de un crítico, mostraban “una elegancia exquisita, una armonía y una suavidad en la luz que la pintura nunca alcanzará”. [116] Veinte años más tarde, en 1851, Francis Wey recordaba estas imágenes, las primeras de Bayard expuestas en público, en términos igualmente entusiastas: “uno contempla estos positivos directos como a través de una delicada cortina de niebla. Muy acabados y logrados, unen a la impresión de realidad la fantasía de los sueños: la luz los roza y la sombra los acaricia. La propia luz diurna parece fantástica y la peculiar sobriedad del efecto les otorga un aspecto monumental… El aire juega en estas imágenes con tanta transparencia y envuelve los primeros planos de forma tan completa que las imágenes aparecen a la vez lejanas y completas”. [117]

En junio de 1839, Bayard recibió seiscientos francos del Ministerio del Interior para comprar unas cámaras mejores. Sin embargo, en comparación con los honores y premios otorgados a Daguerre, Bayard recibió un reconocimiento relativamente escaso de las autoridades. A través de diversos amigos artistas, apeló a la Académie des Beaux-Arts, que a su vez encargó un informe sobre su procedimiento y su correspondiente historia. Elaborado por un comité de once personas, dicho informe, presentado el 2 de noviembre de 1839, elogiaba el potencial de sus imágenes, pero no establecía la precedencia de Bayard sobre Daguerre en lo referente a la invención de la fotografía.

Seis días después de conocerse este informe, Bayard envió una carta y dos fotografías (realizadas con una cámara oscura el 24 de octubre, después de una exposición de 18 minutos) a la Académie des Sciences, en un nuevo intento de atraer la atención sobre sus descubrimientos. No obstante, debido a su alianza oficial con el daguerrotipo, ninguna de estas instituciones estaba interesada en apoyar activamente las demandas de otros. A lo largo de 1840, Bayard siguió haciendo campaña en favor de su reconocimiento, pese a enfrentarse no sólo a la permanente aclamación de Daguerre, sino también a las contrademandas de otros inventores. En noviembre de aquel año, la Académie des Beaux-Arts apeló al gobierno en su nombre, pero fue en vano. En este contexto, Bayard se propuso crear una imagen que abordara específicamente la situación en que se encontraba. Las tres fotografías resultante de este esfuerzo ofrecen un metacomentario sobre el deseo de fotografiar que resulta tan fascinante y sofisticado como cualquiera de las palabras o imágenes con las que ya nos hemos encontrado. En realidad, en muchos aspectos, sus imágenes resumen acertadamente todo lo que se ha dicho hasta ahora.

Hippolyte Bayard, El ahogado (Autorretrato), 18 de octubre de 1840. Positivado directo. Société Française de Photographie, París (nº 24.6)

En octubre de 1840, Bayard produjo tres variaciones de la misma extraña composición, todas ellas conocidas hoy en día como Le Noyé (El ahogado) (…). La sistemática repetición de la imagen, con sólo pequeñas variaciones entre cada versión, sugiere un diseño totalmente deliberado y meticuloso. En cada imagen vemos el mismo cuerpo de un hombre desnudo, desgarbadamente reclinado sobre un banco, con la espalda apoyada contra una pared, de modo que la cabeza y el pecho aparecen vueltos casi por completo hacia nosotros. Tiene los ojos cerrados, los brazos cruzados, y la parte inferior del cuerpo envuelta en una tela. En correspondencia con la asociación de Bayard con la Académie des Beaux-Arts, su imagen hace abiertamente referencia a la tradición clásica, concretamente a las figuras en relieve que pueden verse con frisos escultóricos y piedras preciosas antiguas. Este tono artístico se ve realzado por la incorporación de diversos objetos: un gran sombrero de paja, un jarrón de cerámica, una pequeña estatuilla en escayola de una ninfa arrodillada. (…)

A primera vista, la imagen de Bayard puede entenderse com un simpático chiste sobre el gusto romántico predominante, en especial sobre su propensión a las imágenes de muerte, con suicidios, naufragios y ahogamientos. También se ha comentado a menudo que la pose de Bayard adopta en esta imagen parodia inteligentemente el famoso cuadro de 1793 de Jacques-Louis David, La muerte de Marat (…). [122] La imagen de David, que no se mostraba en público en París desde febrero de 1795 (aunque era bien conocida a través de grabados), fue un homenaje cuidadosamente estudiado en memoria de un activista radical, en quien sus compañeros jacobinos veían a alguien que había muerto por una causa noble y revolucionaria. El cuadro combina una imagen clásica con un acontecimiento contemporáneo, y el idealismo con un realismo engañoso transformando al muerto Marat en una figura irónica, en parte antigua y en parte cristiana, pero en todo caso mártir. [123] Ninguno de los comentaristas de la imagen de Bayard ha mencionado que, en la época en que se hizo, Marat seguía siendo una figura importante como traductor de la edición francesa entonces conocida de la Óptica de Newton. Una repetición fotográfica de la muerte de Marat en 1840 bien podría entenderse como una metáfora del declive de la teoría corpuscular de la luz asociada a la ciencia newtoniana (que por entonces había sido reemplazada por la “teoría undulatoria” de Fresnel y Young).

Sin descartar la referencia a La muerte de Marat, el diseño de la imagen de Bayard nos recuerda todavía con mayor intensidad el homenaje perdido de David en memoria de otro mártir revolucionario que defendió la libertad, Lepeletier de Saint-Fargeau. Ahora en gran medida olvidado, Michel Lepeletier fue un aristócrata liberal asesinado en 1793 como consecuencia de su entusiasta apoyo a la Revolución Francesa y su voto a favor de la ejecución del rey. Exhibido en desfiles y colgado junto a La muerte de Marat en el salón de sesiones de la Convención entre noviembre de 1793 y febrero de 1795, la imagen del cuadro de David solamente ha perdurado en los grabados de otros. Estos grabados muestran un cuerpo yacente, medio cubierto con una tela en una postura muy similar a la adoptada por Bayard, con una espada que pende de un hilo sobre su cuerpo. La espada atraviesa un trozo de papel con algo escrito (que según Delécluze dice: “Voto por la muerte del tirano”) y de su punta gotea sangre sobre el cuerpo que yace debajo. [124] (…)

Es indudable el intento de Bayard de relacionarse con estos celebrados mártires tenía un intención irónica, era una apropiación irónica del gran David para su causa, que artistas amigos como el caricaturista Gavarni apreciarían y disfrutarían. Al mismo tiempo, esta referencia deliberada a los ideales y asesinatos revolucionarios en unos momentos tumultuosos de la política francesa (aquel mismo año se había producido un intento de golpe de Estado, y Adolphe Thiers, el primer ministro, se había visto forzado a dimitir justamente tres días después de que Bayard hiciera El ahogado), podría considerarse como un comentario subversivo más arriesgado sobre la competencia del vigente gobierno y, tal vez, también sobre la legitimidad del ciudadano-rey de Francia, Louis-Philippe.

Ambos cuadro de David incluían el fragmento de un texto relacionado con las circunstancias de la muerte de cada mártir. Bayard parodió también este elemento para incluir un texto manuscrito (…) en el reverso de uno de los Autorretratos (…). De esta colocación podría deducirse que la imagen, que mide 19,2 por 18,8 cientímetros, estaba pensada para ser pasada de mano en mano en vez de para ser colgada en una pared (y relamen no se tiene noticia de que ninguna de estas imágenes fueran expuestas en su época). El texto de Bayard comenta con humor el tema de su imagen y, de acuerdo con la tradición de los cuadro de David, hace que su mártir nos hable desde ultratumba.

Este cadáver que ven ustedes es el del señor Bayard, inventor del procedimiento que acaban ustedes de presenciar, o cuyos maravillosos resultados pronto presenciarán. Según mis conocimientos, este ingenioso e infatigable investigador ha trabajado durante unos tres años para perfeccionar su invención.

La Academia, el Rey y todos aquellos que han visto sus imágenes, que él mismo consideraba imperfectas, las han admirado como ustedes lo hacen en este momento. Esto le ha supuesto un gran honor, pero no le ha rendido ni un céntimo. El gobierno, que dio demasiado al señor Daguerre, declaró que nada podía hacer por el señor Bayard y el desdichado decidió ahogarse. ¡Oh veleidad de los asuntos humanos! Artistas, académicos y periodistas le prestaron atención durante mucho tiempo, pero ahora permanecen en la morgue desde hace varios días y nadie le ha reconocido ni reclamado. Damas y caballeros, mejor será que pasen ustedes de largo por temor a ofender su sentido del olfato, pues, como pueden observar, el rostro y las manos del caballero comienzan a descomponerse.

H. B. 18 de octubre de 1840

Ahora tenemos, por tanto, la historia completa o al menos el guión íntegro. El cuerpo que vemos ante nosotros corresponde al personaje conocido como H. B., un hombre que ha muerto, que en su desesperación ha cometido suicidio ahogándose. Aparentemente se trata de un fotógrafo que ha sucumbido literalmente a la fotografía, destinado a retornar siempre con la noticia de su propio suicidio por haber inventado el medio mismo que permite su retorno. De este modo, el autor de este texto goza de una nada envidiable inmortalidad, la existencia zombie del muerto viviente.

Pero ni siquiera esta triste situación puede impedirle dejarnos con un chiste. Casualmente, se trata de un chiste sobre la propia fotografía y, por tanto, sobre la creación de la propia imagen que tenemos delante. El texto remite a los espectadores al color del rostro y de las manos de H. B., toma su color oscuro como un símbolo de su carne en descomposición y nos advierte sobre su olor. [126] De hecho, com buen jardinero, Bayard había permanecido probablemente al sol y las partes de su piel expuestas a él estarían un poco bronceadas. Insensible a la diferencia entre bronceada y descompuesta, su procedimiento de positivado directo había impreso la piel enrojecida como negra, circunstancia que Bayard aprovecha inteligentemente. El chiste llama la atención sobre el carácter engañoso de la fotografía como mera ilusión de lo real, así como sobre el artificio del texto y la imagen que realmente estamos viendo. También alude a la piel humana como superficie potencialmente “fotográfica”; tal vez aquí hay incluso un recuerdo de aquellas manzanas dibujadas por el sol, que un futuro historiador mencionaría com ola inspiración inicial del deseo de fotografiar de Bayard. [127]

Así pues, tenemos aquí un texto extraordinario, quizá uno de los más extraordinarios de la historia de la fotografía. Además, en la brillante combinación del texto con la imagen, Bayard consiguió producir una obra individual que trata, íntegramente y de forma explícita, sobre la práctica y las implicaciones de la representación fotográfica en general. Al cuestionar la veracidad de la imagen fotográfica en su reverso, el texto parece poner en duda deliberadamente la distinción supuesta entre lo literal y lo figurativo, pues en el juego que se crea entre texto e imagen, todo parece estar confundido con su contrario. (…)»

Geoffrey Batchen: Arder en deseos, la concepción de la fotografía. Traducción de Antonio Fernández Lera. Editorial Gustavo Gili, SA. Barcelona, 2004. Pp: 158-173.

Título original: Burning with desire. The conception of photography

***
Notas:

♦ El pasaje completo más los tres autorretratos de Bayard, junto a otras tres fotografías más de su autoría, una reproducción de la pintura de David, un dibujo de Anatole Devosge y el texto en el reverso de El Ahogado, están íntegramente reproducidos en el libro.
♦ Las fotografías conseguidas en Internet no se comparan con la calidad que reproduce Arder en deseos.
♦ Las notas de página completas están citadas en Arder en deseos, y no las replico en esta entrada debido a que ya es extensa.

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2 comentarios en “El ahogado

  1. Pingback: Hippolyte Bayard, el primer imaginante visual | Puntodereunión

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