Y – P

Planet of Snail
Seung-Jun Yi, Corea del Sur, 2011, 87′

Nosotros los humanos percibimos por medio de los sentidos, ellos son nuestras capacidades sensibles, nos permiten dar significado a lo que nos rodea y ayudan a dar cierta lógica aunque no nos percatemos de eso. Los sentidos otorgan sentido a las cosas -y se pulen con la experiencia-, nos hacen ser capaces de expresarnos y sin embargo sin ellos la expresión comunicativa con el mundo, las relaciones entre las personas y los objetos, no se rompe, no se quiebra, se hace más compleja y por lo tanto -en la carencia, en lo obsoleto de esa discapacidad, sea la que fuere- se agudizan las maneras y las formas toman otras materias donde sostener los caminos para conectarse y permanecer.

La comprobación, el examen del resultado, la evidencia, el signo, la prueba, en fin: la constatación que está mediada por el ojo voraz que hace de las cosas simples instrumentos (que es primo hermano del ojo perezoso que alaba la TV); el reino de la materia -el status quo que se hace para “afirmar” una posición, una apariencia, la política económica pragmática, la tecnocracia, el culto al mérito: la burócrata del mes, el esquirol del año, etc.- opacando a la energía -la experiencia, la sensación, el afecto, el deseo, el goce…-, ¿para qué? para construir una verdad que tambalea con la sospecha y la duda, que tampoco son grandes redentoras pero sí buenas amigas escépticas.

Planet of Snail acaricia delicadas superficies y hace de ellas enlaces que son lazos, caminos por los que transitar tan lento como el caracol para asegurarse su arribo. Su protagonista es un hombre ciego-sordo y su pareja es una mujer con problemas en su espina dorsal; de ahí se pensaría que su vida es un derrotero de límites y frustraciones, pues las dolencias y las carencias, es decir, la precariedad en la salud es casi siempre un muro rodeado por una neblina muy espesa. Y sin embargo ellos no son incapaces de sentir, traspasan esa frontera que no es horizonte, la palpan y por eso la pueden derrumbar, es el tacto el que en un mundo de completa oscuridad hace que el aislamiento no sea su signo característico sino el afecto que se siembra y cosecha cada día cuando las relaciones dependen mucho de ese contacto que no se debe desgastar en su flujo ni potencia.

Éste no se trata de un documental aleccionador ni con moralejas, está lejos de apreciaciones paternalistas acerca de la discapacidad y a cambio de eso nos acerca a ese mundo de tactos, de toques y caricias. El mundo donde es posible sentir a un árbol y conocer como hermanos su silencio -quién más para que nos lo transmita sino un hombre ciego sordo-, un mundo que también es iluminado por el ejercicio de la escritura (pues el protagonista se quiere dedicar a este duro oficio) cuando las palabras no tienen forma sonora ni escrita sino que están en toda la piel y todo el cuerpo. Ese es el planeta del caracol.

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Dejo afuera reseñas de otros documentales, porque no me gustaron mucho, porque no los considero (yo y solo yo) documentales sino reportajes largos, porque estoy cansada de los documentales con mensajes, porque no van por mis búsquedas pero en cambio me han dejado varias cosas, y otros no los reseño porque se me hace difícil (¡y es sólo una reseña!, pues trato de poner en cada reseña no simples resúmenes sino impresiones, observaciones y -cuando lo logro- críticas), porque no quiero parafrasear a las películas.

Me perdí muchas, tuve un breve ataque de nervios al darme cuenta que una de esas tardes olvidé mi pasaporte en casa (especie de cartilla ilimitada prepagada para todas las funciones de todo el festival) y que demoraría tres horas en ir y volver -por lo tanto mi día estaría descompuesto-, pero lo solucionamos pronto y mis manos y ojos dejaron de temblar. En el festival coincidimos con viejos conocidos y amigos de otros lares (la calle, el activismo…), y después de cada jornada de funciones la noche quiteña se me abrió como una amiga de esas que hablan poco pero tienen los ojos grandes y calurosos. La pasé de fiesta.

Y los amargos sabores de boca fueron pocos pero cuando pasaba, lo diré, fueron bodrios insoportables, como El Torero de Los Andes de Ignasi Rodríguez Battle. Para no destrozarlo para mí lo vi como un reportaje periodístico largo y aburrido, con un nivel narrativo pobre tanto en el guión como en la composición de la imagen, con un discurso débil (pero no por eso digno de poca atención) sobre lo andino y mucho más sobre lo latinoamericano, incluso sobre la tauromaquia (se me dirá de que no iba de eso el documental, yo lo sé, pero el tema es polémico en un lugar como Quito, donde más del 80% de su padrón electoral está abiertamente en contra de las corridas de toros, mucho más la población en general). Repleto de prejuicios, miradas que hasta el hartazgo nos han querido imponer a los latinoamericanos; eso lo podemos confirmar en las imágenes de los bacanales de las fiestas populares de las poblaciones peruanas que registra Rodríguez (y acá se me dirá, pero así son ustedes, unos alcohólicos; sí, acá hay mucho alcoholismo, sí, así son las fiestas populares, hay mucho trago, mucha comida, mucha libido en el aire, pero pasa que hay Historia y este problema de salud pública es un legado de la colonialización española, el uso del alcohol en estas fiestas también lo es y veremos que es muy distinto a las fiestas del Inti Raymi, solo por poner un ejemplo).

El catálogo del festival dice de ETDLA que “retrata los sacrificios necesarios (de David Gil) para alcanzar su sueño: el alejamiento de su familia para torear en pequeños pueblos del Perú, los largos e incómodos viajes por caminos olvidados, las estadías en miserables posadas y las corridas con toros de campo. Esta vida nada tiene que ver con el glamour en que se mueven las cabezas del cartel de las ferias más importantes del mundo”. Y ahí va el asunto, ETDLA parece un registro, un simple testimonio que ensalza la figura de David Gil, el protagonista, el torero de serie B que no tiene que ver con los círculos de la “alta” tauromaquia pero que sí quisiera serlo -y es obvio al ser esta una actividad de cierto mercado del entretenimiento-. Este punto, el único que llamó mi atención y que se puede caer con varias observaciones. Esa vida que parece tan gris y seca no es ninguna novedad para estos sitios, pero siempre lo ha sido para los ojos paternalistas y asistencialistas de otros países, esa vida es la misma que ensalza el romanticismo izquierdista, la vida que creen por la que los andinos somos unos cholos pobres bien exóticos y llamativamente folklóricos (de cholos mucho pero de pobres nada, lo que somos en conjunto es empobrecidos, que es bastante diferente). La mirada de Rodríguez, pues, es una mirada que redime al torero de serie B (distinta a la de Burton sobre Ed Wood, si se trata de personajes desafortunados, mediocres, fracasados o estrafalarios), al pseudo-outsider de las plazas, pero que sin embargo no ahonda en la persona. Si la historia está en el personaje se debería ahondar en él pero es algo que ni de asomo pasa, David Gil aparece un tipo parco, pesado, y poco atractivo para las cámaras (cuando no es desde el punto de vista del realizador), que sea documental no significa que se evada fácilmente del trabajo con sus personajes, un ejemplo claro de esto se lo puede ver en Boca de Lixo de Eduardo Coutinho, donde personajes y espacios enriquecen la historia del documental y donde el punto de vista del director se quiere ubicar muy cerca de quienes son filmados. Coutinho no sólo saca, indaga y atrapa características de mujeres y hombres minadores sino que va más allá, él respeta cómo cada personaje se ve a sí mismo, Coutinho no crea héroes o heroínas de papel, no los engrandece no los reduce, y por eso mismo se abren con él, pues no los ha visto como a pobre gente que no tiene donde trabajar ni qué comer y por eso labora en el basural. ETDLA un documental que no recomiendo a nadie y que me dio la sensación de haber visto televisión de enlatado comercial, eso aparte de la extraña impotencia de ver corridas de toros y no descontentarme como cuando veo cualquier tipo de trato falto de ética con los animales.

Se me van otras películas de las que quisiera escribir pero que no tengo material personal para trabajarlos. Pero daré rápidos rasgos de ellas. La Maleta Mexicana de Trisha Ziff, documental que nos cuenta sobre una misteriosa maleta (perdida por varias décadas y después hallada en el 2007) con negativos de Robert Capa, Gerda Taro y David Seymour, todos pertenecientes a la época de la Guerra Civil Española; Ziff entrevista a historiadores, escritores, antropólogos, forenses, fotógrafos, nietos y nietas de presos políticos y desaparecidos, exiliados muy agradecidos con el México solidario de la época; un documental que se pregunta por la ‘pertenencia’ de la memoria guardada en las fotografías, pero que también no oculta críticas sobre los tipos de discursos que circulan sobre ese material (lo dirán Juan Villoro, Elena Poniatowska y Pedro Meyer). Carrière, 250 metros de Juan Carlos Rulfo y Natalia Gil, documental sobre el trayecto de vida (pasión y obra) de Jean Claude Carrière -guionista de cine y teatro, conocido por sus trabajos con Buñuel y Kundera- por los lugares entrañables que visitó a lo largo de su vida; sincero e íntimo, Jean Claude dice porqué cree que viajar es -entre ríos, mares, arena, viento y huellas que se borran- para conocerse a si mismo y simultáneamente ‘recoge sus pasos’ quedando sin deudas propias a sus 80 años.

Para cerrar esta modesta entrega diré que fue muy placentero asistir otra vez al EDOC, festival al que le estoy muy agradecida íntimamente, festival al que le debo parte de mi entusiasmo a mitad de año cuando Quito se hace una ciudad a veces nada amigable y otras torpe conmigo, cuando la gente que veo en la calle y en el bus no es capaz de sonreír ni un poco para ellos y menos llorar o gritar. Muchas gracias a todas las personas que desde varios países siguieron mis reseñas, si siguen aquí no les prometo nada pero sé que en próximas entregas trabajaré más y más, y todo por amor al cine, para cuidarlo y para que ustedes se lo lleven.

Gabriela Toro
¡Qué viva el cine!

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