Talvez no quiere volver

La primera mañana en la playa, comiendo ceviche de pescado, sentada junto a una amiga y atenta a la conversación de las muchachas del Zamorano, así estaba mientas quería fumar un tanto de mi pizca diaria. Cada una de sus palabras eran hilos delgados que se desvanecían al segundo, no entendía por qué había que hablar eso, sentía desprecio por ellas a dos segundos de distancia, áspera, otro pedazo de pescado que me tragaba, miraba el horizonte buscando todo, escuchaba los pasos en la arena del chico de los parasoles, un hombre de treinta y dos años comprando helado, el muchacho que me vendió coco. De repente escuché una voz de mujer gritando mi nombre. Resonó. De nuevo. Resonó. Ocho segundos. Me llaman.

Subía mis pantalones y el interior, a lo lejos me esperaban cuatro cervezas más, observo lo que puedo del horizonte y no están ahí. Quise ir sola detrás de los árboles y orinar, escuchar la marea, reír a expensas mías. Llego y me preguntan por qué he tardado tanto, sonrío y pido un vaso lleno. La amiga con la que llegué en un inicio empezó a ponerse pesada con preguntas raras de las que hacen las típicas madres aburridas. Le dije que definitivamente me iría de largo, se lo dije en tono alto para que escuchen las demás restantes de la mesa y que ni siquiera bebían, a excepción de los dos cómplices que estaban junto a mi. Fuimos tres en total los que queríamos bailar en la arena, los que cambiamos de piel y mantenemos los pies en la tierra. Fuimos tres los que volamos.

Dos de las chicas tienen 27 años y aún no cogen. De eso me enteré cuando regresamos al departamento de la amiga de mi amiga, no entiendo el motivo para sacar temas de conversación de ese modo, tan vulgar, esconden todo hablando de ello de la peor manera. Volví a reír. No mencioné nada porque me desagradan los panfletos y estaba segura de que no llegaría lejos ni al final, en especial por tres de ellas. La amiga de mi amiga y mi amiga no, son más frescas, más tratables, incluso más amigables que yo en los básicos encuentros de primera vez. Nunca he sido buena para hacer amistades pero quien me conoce sabe que lo vale, creen que no les fallaré, lo sé porque me lo han dicho algunas veces, a eso no tengo la mínima idea de qué responder, también me pregunto si hay que responder.

Dormí como 40 minutos, llegó un mensaje al celular, lo apago ahí mismo y busco dónde anotar cosas. Se han ido a comer alguna fritura, seguro, entre tanto retomo la lectura y mastico pedazos pequeños de manzana. De esa silla me levanto a la hora, como casi siempre salí volada al baño, me lavé las manos, comí unas galletas de sal, un caramelo de miel, encendí el celular y no tenía señal. La piscina está llena de hojas secas y libélulas moradas. Pronto llegaría la noche y con ella mis cómplices. Las charlas sobre los últimos meses, los amigos que ya no son, pensamientos que nos han llegado entre cuitas y alegrías. Es, para mí, maravilloso, y lo digo en serio, sentir esa intimidad con ellos, parecemos niños mirando juegos pirotécnicos; así de extraño como haberlos encontrado sentados y mojándose los pies después de perderme por más de media hora.

Sí, les digo cómplices porque nos juntamos y tramamos asuntos, temas que a la gente por lo general no interesan, les parece absurdo detenerse en ellos, prefieren que lo dicho no viva por más de un día. Pueden llamarnos como les plazca pero nadie me quita esa seguridad de ser lobos, de vernos a los ojos y prender una gran y amplia sonrisa en el rostro de todos. No mentiré, claro que nos ha gustado la sangre. Hemos derrapado una vez tras otra, despertamos en medio de la madrugada, tomamos agua. Eso no es algo del otro mundo, y lo digo porque sé que estoy en este mundo y en otros pero no en ese que dicen ustedes. Nosotros somos lobos.

Ah, el punto es que eran dos hombres de mediana edad, es irrelevante este dato señor ¿cuál es su apellido? de todos modos no le daría ningún nombre, porque no hay truco alguno. No como el que nos hicieron ellos. Pasaban rápido la otra vereda y gritaron que timbrásemos, antes llamamos más de quince veces al guardia, 10 minutos de frío y ebriedad en el portal. Justo en la esquina se regresan y luego vienen hacia nosotros, yo les vi cuando ya estaban hurgando los bolsillos de uno de mis panas, el otro hacía lo mismo con la otra pero era yo quien tenía algo de dinero. No sé qué tipo de arma era esa, estaba a la altura de mis ojos y mi reacción fue sacar el celular, total no funcionaba. Bajaron ese peligro, tomaron el aparato y después de cinco minutos más vino el guardia, un completo cobarde por donde lo quieran ver.

Concilié el sueño tan pronto recosté mi cabeza en la almohada, al día siguiente salí del hotel y fui directo al departamento, todas estaban dormidas y mi amiga lista para desayunar, le cuento todo esto y lo único que me dice es que mejor ni lo hable. Sabía que no se refería sólo a lo de la madrugada sino a todo. A sus reproches, a sus quejas, a la vulgaridad de las otras invitadas, a su poquísima capacidad de escuchar, a mi forma de sentir las cosas. Se lo tomó como una señal para quedarse con la boca cerrada. Y así fue todo el viaje de regreso. Después no sé lo que pasó. Recuerde que le dije que me robaron el celular.

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8 comentarios en “Talvez no quiere volver

  1. es complicado ese sentimiento de extrañeza, no? extrañamiento? bueno, no sé como sea de decir pero creo que me hago entender. somos los hijos bastardos del suelo, aquellos que parece que de pronto los escupió la tierra y yacemos perdidos, incómodos la verdad, en medio de todo el movimiento (a veces frenético, a veces lentísimo) del gira y gira de los días y el planeta… y la gente, claro, por sobre todo toda la gente…. la gente por sobre todo; el infierno sin el cual no fueramos.

  2. Rompiste la sequia del blog con un relato inundado de pasajes sencillos y potentes, en tu escritura las anecdotas adquieren otra dimensión cargada de cinismo, crìtica y humor negro… o bueno es así como las entiendo yo y me gustan..
    un abrazo y espero alguna vez compartir tinta contigo…

  3. Suelo estar sentada en el piso o en una banca, ahí muchas veces creo que no he hecho nada. Me pregunto por la nada. Existe. ¿Entonces qué pasa? Talvez algunas de ellas, las nadas, se fueron a la basura, están muy lejos fuera de mi alcance, no me interesan. Me quedé con cosas que tenían, ahora son mías, soy yo quién las vivo. Sí que lo he hecho. Existen. Me levanto y camino. Sé que a la media noche pasa el recolector de basura.
    +1

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