C – A

En todo caso no lo vi más. Dicen que empezó a sabotear el sueño de sus papás profiriendo horribles aullidos a la medianoche. Y que terminaron por encerrarlo. Pero no en la antigua y verde Inglaterra, como él hubiera querido. Fue a parar a San Isidro, loquito criollo al fin y al cabo. Otro dicen que allá no duró mucho, pero nadie sabe a ciencia cierta dónde está. Nadie sabe el paradero del pobre Miserable. Hablan de un viaje incógnito con su mamá del que sólo regresó ella, más bella que nunca. Me da pena no haberlo despedido. Yo no sé si fue que él se perdió primero o fui yo la que me encerré. Pero una mañana me llegó, en correo certificado, una hoja de papel con la siguiente información:

¡Oh, Ricadito Miserable, que te perdiste cargando con todos los síntomas de mi generación! Otros dicen que lo que se proponía era confundir a los médicos con tantas respuestas afirmativas. Humor, del corroñoso, no le faltó en medio de sus cuitas.

Andrés Caicedo. ¡Qué Viva La Música!

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