st 0.1

Quiero trabajar en Radio Clásica, salir por las tardes y empachada de libros pisar bien los charcos en la fría y solitaria escampada. No esperar nada. Me podría significar un descanso a mis deseos de devorar la ansiedad -envuelta en la boca de mi estómago- por una ligera timidez que aún me acerca de una manera bien mierda a una joven rara pero no libertina -apariencia bífida. La gente cuando me ve por primera vez cree que tengo 17 o 15 años y no que soy promiscua (estaba más tostada, con harto odio e ingenuidad). Qué se puede esperar de alguien que conoció el infierno de pequeña, las nociones del yo trastocadas, noches y tardes de perturbaciones eternas, monstruos en las esquinas, monjas anti-higiénicas, curas llenos de esmegma; más acá que allá. ¿Alguien se ha preguntado eso? ¿Alguienes que no sean psicólogos ni profesores? Los carceleros de las correccionales acaso…

Por ejemplo, habrá quienes piensen que leer a Sade mientras programo conciertos para flauta traversa podría causar ligeras, apenas anunciables, alucinaciones de trasnochadas almas erotómanas. Si existiese eso llamado alma. Pero no, en algunos casos, se equivocan. El efecto de la ambientación autoestimulada en la recepción corporal de la lectura desplaza imágenes mentales a movimientos chiquitos abajo en la entrepierna. Quienes que se la saben -diestros la mayoría- sostienen el libro con la mano izquierda. 20 minutos dan el tiempo necesario para una buena paja, y si solo es paja, igual está bien. Qué hacer con una ansiedad que ni el mejor pianista belga puede remover. Que ni el avant-garde, la salsa o el rock libre ecuatoriano anula para dar paso a un largo aliento y no respirar entrecortado. El café no es aconsejable, el vino tampoco. Pero son deliciosos, amarguitos.

Será una radio donde creo no existe la palabra hablada, y si no somos tan conservadores se podría escuchar poesía, ritmo, melodía. En este punto tengo que aclarar que me gusta un poquito esta música pero si sólo le pusiera atención todo el día empezaría a decir obscenidades e incoherencias sobre ella. Ese es mi motivo para salidas a bares donde -sí- sólo se bebe cerveza. Mierda. Y es barata. Pero más lo es la marihuana. Que no es tan fácil de conseguir aunque para mí sí. Y en esos bares se escucha todos los días los mismos tres discos de una misma época, para que no haya dudas: de unos cortos años. El tren paró y no quieren bajar de él, lo han vendido por unos centavos, ahora se llena de orines y pocos condones usados, pocos. Hay chicas muy tímidas ahí -del tren ellas ni enteradas por eso cantan en voz alta esas canciones-, suelen soltar sus cabellos los viernes, usan mallas de rejillas los sábados y los domingos rezan de rodillas en las capillas del centro o comen pizza familiar tranquilitas. También desconfio de las que no quieren soltarlo ni abrir unos botoncitos de la blusa para sí mientras el sol de meridiano azota cabezas y calienta las vestimentas. Rico.

Vuelvo. Programo la publicidad. Llego.

De todo hay en la viña del señor. Chicos lindos, ojos azules, cafés, negros como vello grueso, sucios, descomplicados, pervertidos, recorridos por el black metal. Vampiros celosos casi cristianos. Sodomitas fanáticos de osamentas nazis. Melómanos tirables (no re-usables) temerosos de las novias; la maquinaria policial del feminismo más empacable les quitó el cinturón de castidad -a cambio de sus votos-, se los da en las manos como recuerdo, y ellas abrochan en el pene y los cierran con dos candados por el ano de sus darling babies. Que tengan tatuajes no significa que no te hagan la casita, nenas o nenes, locas o tortilleras.

Sigo ansiosa y la pieza en Opus no. 72 se acabó. Otra pieza para piano. Pienso en JJ, hablando sobre Palermo, pienso que las cosas son caras, creo que hay muchos alcaldes usureros. Dicen por ahí que contratan a matones.

Oh no, yo no.

Seguro que en las calles no hay tanta gente, niños gritando de un lado a otro. Miradas casuales con el vecino, la vecina, la otra vecina, la que trabaja de noche y no escucha radio clásica, el vecino agotado porque trabaja en el área industrial de Carcelén, cerca de los chongos. Money, money, money. Mala paga para la puta y el obrero. Calladito el gremio la fritada en la mesa. Qué será, qué será. Oh no, yo no.

En la cabina me inundan checos, berlineses, un calabrés. ¿Será que alguien ya montó una peli porno con algo de chelo sueco? Eso aún no lo he investigado. Nápoles sucumbe y Machala en su sopor de aguas servidas tampoco lo sabe. En el Sur del país escuchan más a las radios peruanas. Y en el campo son la sensación. La Sen-sa-ción. Allá no encuentras tanta botella de Norteño en las alcantarillas -desparramadas como picadillo en pregón-, creo que no hay ni alcantarillas. No venden buen vino, como el que me produce unos pedos delatadores que se supone no deberían salir, porque según un antiguo amigo -conocedor de improvisaciones gastronómicas para post adolescentes punks sin padres y sin dinero, es decir, con cuartos propios de poca luz y caseros decrépitos- los vegetarianos no apestamos mucho si no nos lavamos las axilas o en la flatulencia. La hipótesis es que la causa reside en el exceso de toxinas de las carnes, simple. Pero el vómito no solo sabe de toxinas, vinos y pedos, también de malas mezclas: pasta de tomate con achiote pasado, bomba de tiempo. No importa lo que diga el chef autodidacta, si no hay ingredientes frescos da lo mismo ser vegetariano o no. Sencilla certeza.

Oh no, yo no.

Empiezan los pedos y programo 18 piezas más después de la publicidad (bancos, seguros de salud, la municipalidad). 14º de mejillas sonrosadas. 14º de ansiedad permutable. Money, money, money. Serpentinas, trago, culos de hombres adinerados, burócratas, cleros y mandatarios. De todo hay en la viña del señor. Viña del sur de Chile, vino robado, jeje, que me acabé ahorita. Opus 72, el de los nibelungos, la capital atiborrada de provincianos, marihuana buena en mi velador, la gata, enciendo la tele, el canal público y sus documentales. Reviso correos, ojeo porno lesbiano SM, me voy a la cama. Antes de todo he preparado cuidadosamente 15 piezas de Europa Central. K271, 1777, nombres de cinco y seis palabras, sonatas, allegros non molto, adagios, nocturnes, solo cuerdas, pianos barrocos. No sé nada de música clásica. Me pudro en mi ignorancia.

Prendo la radio y escribo en la bitácora -aún con mi cachetes calientes-: quiero trabajar en Radio Clásica. ¿Este calor interno será el signo de un dolor hepático? ¿O ha vuelto la hipocondría?

Si trabajara ahí no me viera buscando rótulos “Disponibilidad Inmediata” en los clasificados, ni vendiendo libros y enciclopedias para bachillerato. Promociones de películas de 3×5, 7×10, embaucando con mis ojitos 7×5 +1 que no te das cuenta, cánones del melodrama con buena estructura narrativa en los cines locales, cerveza y besos esquivos en la madrugada. Resaca en la mañana, si no he regurgitado todo al inodoro (pajarito inocente con aires de lechuza cazadora). Nervios dejad mi regazo, lejos. Roger Waters en marzo y yo con ganas de trabajar en Radio Clásica para hacerme la paja.

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3 comentarios en “st 0.1

  1. vaya.. con la resaca que me cargo esto me revolvió el estómago, estoy esperando escuchar esa radio a ver si cobija mis sueños
    Rogelio nos esperará en marzo, más vale que el mundo no se acabe antes

  2. Es la segunda vez que leo este relato-pero ahora lo hago con una fría- y me voy desprendiendo de las frías paredes de esta casa, “como cemento me sirven tus palabras si no tengo
    columna donde apoyarme que no sean de aire lleno de silencio” …tu blog siempre me ha trastocado y robado sonrisas, reflexiones y muchas veces me ha hecho menos espeso el ambiente.. y ni hablar de la manera en como escribes; los sábados usan medias de rejillas y los domingos rezan de rodillas…
    gracias por tu voz alucinada… un beso
    pd: recuerda q tenemos una salida pendiente y una embadurnada a Carondelet..(jaja) cuanto semen desperdiciado la anterior semana…

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