Claude Cahun, otra mirada a la autorepresentación

Copiado de disparocom-pulsivo

El misterio de Adán, 1929, Claude Cahun

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Claude Cahun además de fotógrafa, fue poeta, ensayista, crítica literaria, comediante, traductora y activista política en la época efervescente de la Francia de vanguardias.

Nace como Lucy Schwob en Nantes (Francia) el año de 1894; se dice que su actividad literaria estuvo influenciada por su tío, Marcel Schwob que fue un importante escritor simbolista. Posteriormente se instaló en París donde estudió Filosofía y Letras en La Sorbona, así de a poco tuvo la oportunidad de frecuentar los círculos artísticos y literarios que le llevarían a entablar amistad y a rodearse de personalidades como Sylvia Beach, Marcel Duchamp, Berenice Abbot, Renée Vivien, entre otros. además de algunos personajes del moviendo surrealista como Desnos, Éluard, Breton… y cuyas ideas influenciaron ciertamente parte de su obra.

Estando todavía en Nantes a los 15 años de edad conoce a Suzanne Malherbe, estudiante de Bellas Artes y actriz, cuyo seudónimo será después Marcel Moore, y con quien mantiene una relación amorosa durante toda su vida[1]. Estando en París ensayaba en la compañía de teatro “Le plateau” donde indistintamente interpretó papeles femeninos y masculinos; a la par de su actividad fotográfica, en su faceta de escritora en 1925 publicó en el “Mercure du France” quince monólogos: “Heroines” donde hablaba sobre los arquetipos femeninos, en 1930 publicó el libro “Aveux non avenus” (Confesiones mal avenidas) cuyas ilustraciones hechas con la técnica de la heliografía y fotomontaje las logró con la colaboración de su compañera Marcel; además, en la época del debate de los surrealistas con la Internacional Comunista escribió el ensayo “Les Paris sont ouverts”[2] en apoyo a la ruptura de Breton con el partido, donde defendía la autonomía del arte, que no debería estar nunca subordinado a ninguna ideología, también participó junto a éste y a Bataille en la fundación de la revista Contre-attaque, y así largamente se extiende la actividad artística de Claude.

Adentrándose más en su producción fotográfica, podría decir que algo que resulta particularmente interesante de su obra son en gran parte sus temáticas, hasta ese entonces nada comunes, Claude plantea un fuerte cuestionamiento a la configuración de la identidad individual, trata la homosexualidad, el travestismo, los roles establecidos como “femeninos”, todo esto desde su propia representación y ambigüedad sexual, por ejemplo cabe señalar que en Francia el seudónimo que ella escogió, “Claude” es utilizado para nombrar a hombres tanto como a mujeres.

En sus primeras obras, bocetos, fotomontajes se nota una primera influencia simbolista; posteriormente al comulgar con las ideas surrealistas se acerca bastante al movimiento, aunque personalmente pienso que ese acercamiento sería mucho más conceptual que estético, al tomar lo subjetivo como herramienta para re-definir al ser humano, o en lo formal los elementos que observamos están desprovistos de un significado tradicional; es decir, es una obra visiblemente nutrida de distintas corrientes no solo artísticas sino también ideológicas; además, el cuestionamiento planteado a los arquetipos y roles femeninos son bastante alejados, por no decir contrarios, a la visión mitificada que los surrealistas tenían de la mujer.En este punto cabe hacer un paréntesis para entender la visión que tenían los surrealistas de la mujer; a pesar de haberse declarado en favor de una “liberación femenina” de los roles y la moral impuesta en la sociedad, esas declaraciones parecen haber quedado en el ideal; o de lo contrario fuera de extrañarse la poca importancia que se le ha dado a la mujer como artista en este movimiento, mientras que por ejemplo continuaron privilegiando una visión mitificada en su papel de musa-inspiradora.

“Aquella idea, aquella mujer, conturban al espíritu, le inclinan a no ser tan rígido, producen el efecto de aislarle durante un segundo del disolvente en que se encuentra sumergido, de depositarle en el cielo, de convertirle en el bello precipitado que puede llegar a ser, en el bello precipitado que es…” (BRETON, André)

Algunas mujeres, unas conocidas y otras casi no, quedaron en el anonimato en su paso por el Surrealismo o bajo la sombra de alguno de los artistas que alguna vez fue su compañero, tal es el caso de Lee Miller, a quienes muchos conocen por las fotografías que Man Ray ha hecho de ella o como su musa; Remedios Varo, pintora española que fue compañera de Benjamin Perét, Dora Maar, fue pintora, escultora y fotógrafa mucho antes de ser amante y musa de Picasso, Leonora Carrington, entre otras.; todas ellas (y más) quienes dieron significativos aportes para el arte, son muchas veces olvidadas al hablar sobre el Surrealismo (cosa que sucede comúnmente con la mayoría de movimientos artísticos ya que no se trata de satanizar a este grupo).

La mujer siempre fue nombrada en el surrealismo por su “capacidad” de alentar la creatividad en el hombre, tal como se lee en el párrafo de Breton citado anteriormente, marginando de esta manera la faceta artística de muchas de ellas.

El surrealismo planteaba la armonización de dos estados: el sueño y la vigilia (o realidad) en una especie de “realidad absoluta” (sobrerealidad o surrealidad, las llama luego Breton), proponiendo:

“… un dictado del pensamiento, sin la intervención reguladora de la razón, ajeno a toda preocupación estética o moral.” (BRETON, André)

En este sentido es donde más encuentro una cercanía de la obra de Cahun respecto al surrealismo; ésta, constituida en gran número por sus autorretratos (hay que tomar en cuenta que la mayoría de sus trabajos se perdieron tras la ocupación nazi), al ser observada con detenimiento anima a analizar el trasfondo de los cuestionamientos planteados en ella; en un inicio, en una fotografía de 1912 se la observa todavía como una “mujer corriente”, algo de maquillaje y algunos accesorios, es notable de entrada su mirada fuerte, una actitud absolutamente frontal que involucra primero a ella misma como quien se observa y al espectador (cuestión no muy común en la fotografía de retratos de la época).

Posteriormente, entrada la década de los veinte se hace visible cierto cambio en la producción de los retratos de Claude, ella va poco a poco mostrándose más ambigua, lleva el cabello muy corto y agrega más elementos en la composición que no centran la atención en ella sino que también tienen cierta importancia, se pueden tomar estas fotografías como parte de una serie a pesar de ser de distintas épocas, en las dos mantiene un traje de levantador de pesas, en la primera la observamos con mucho maquillaje y en una pose femenina, mientras que en la segunda ya no hay tanto maquillaje y adopta una postura bastante masculina.

autorretrato de 1927

autorretrato de 1929

Claude se traviste a si misma para confundirnos con las “diferencias” entre el sexo masculino y femenino al conjugar “poses femeninas” con una actividad que es asociada por lo general (sobre todo en esa época) a los hombres, siempre mirando de frente, la atención se centra en las miradas y propone el maquillaje, la ropa, hasta su propio cuerpo como solo accesorios.

Socialmente se ha normalizado el atribuir identidades a través del sexo, nos acostumbramos a no pensarnos simplemente como humanos, sino que nos “vestimos” (adoptamos, actuamos) con todos los estereotipos y roles del sexo con el que nacimos; según mi modo de ver esta obra principalmente nos dice que “dentro de los roles convencionales no existe nada más allá de las apariencias” (SALDAÑA, Diana), Claude se puede vestir de hombre tanto como de mujer y si no la conocemos no sabríamos “qué es”, por qué no dejar el camino abierto a la multiplicidad de identidades en lugar de cercar la sexualidad.En otra etapa de su trabajo se nos muestra todavía más andrógina, con el cabello totalmente rapado, continúan sus rasgos endurecidos pero se observan distintas técnicas fotográficas hay deformación de imagen, fotomontajes que nos muestran un “desdoblamiento” de su rostro; estas técnicas obviamente van de la mano con el sentido de su obra, una cabeza deformada nos parece “anormal”, tal cual como no es “normal” ser homosexual (recordemos que en cierta época los/as homosexuales fueron encerrados en institutos psiquiátricos junto a gente con problemas mentales), el fotomontaje de ella observándose a sí misma o de un “otro yo” que se sale del cuerpo; esas dos “identidades” que habitan dentro de un solo ser.


Normalmente nos pensamos la fotografía como “huella” de la realidad, siempre hay algo verosímil en ella; en la obra de Cahun (principalmente autorreferencial) se acentúa este aspecto en el sentido que aquí la fotografía sería como un “espejo que atrapa” su propio cuerpo, más allá de que haya algunos collages y fotomontajes, sabemos que a pesar de que vemos un ser ambiguo (¿hombre o mujer? – no sabemos) este ser existe o ha sido en algún momento; la fotografía nos permite una contemplación perpetua de esto que ha sido y he ahí (para mí) la importancia de esta obra, en que se preste como un espejo continuo de un aspecto de los seres humanos, el solo ser mucho más allá de los roles que cada persona acepte (o no); la esencia de la fotografía “más que una delgadez y una fragilidad, es una exaltación de la presencia del ser” (LEMAGNY, Jean-Claude); es algo que observamos directamente y llega sin intermediaros a nosotros, Claude Cahun pudo haber escrito manifiestos, cuentos, ensayos, etc. sobre los estereotipos impuestos para la mujer y sus cuestionamientos a la moral y las identidades socialmente aceptadas, pero para mi reflexión (sin desmerecer el resto obviamente) nada lo demuestra más claramente que su obra fotográfica.

“Cierro los ojos para delimitar la orgía. Hay demasiado de todo. Me callo. Retengo mi aliento. Me acurruco, abandono mis límites, me repliego hacia un centro imaginario… no sin premeditación … me hago rapar el cabello, arrancar los dientes, los senos —todo lo que moleste o impaciente mi mirada— el estómago, los ovarios, el cerebro consciente y enquistado.

Cuando no tenga más que una carta en la mano, un latido del corazón que sentir, pero la perfección, por supuesto ganaré la partida”. (CAHUN, Claude)

En cierto momento se creía que el arte estaba destinado a mostrar la “realidad del mundo” de una manera “objetiva”; a mí me parece sumamente importante que haya habido quienes apostaron por mostrar otras realidades ocultas tras las apariencias, o nuestro “subconsciente” (como en el surrealismo).

¿Qué puede ser más real y fuerte que usar nuestro propio cuerpo como herramienta para este ejercicio?, nuestro cuerpo de carne y hueso del cual no se puede negar su existencia pero que no deja de ser una apariencia de lo que se ha adoptado (es una construcción simbólica, cultural y social). Y todavía más, qué mejor que usar la fotografía, aquella que alguna vez fue pensada en su capacidad “limitada” de captar únicamente la “realidad” como otra herramienta para cuestionarla. En este sentido rescato la obra de Claude Cahun, me parece que todo arte forma parte esencial del mundo como una especie de “subconsciente de la humanidad”, cómo un espejo (extraño, no en un sentido literal) de las sociedades, de qué sirve sino para una reflexión sobre nosotros mismos (seres humanos), la vida que llevamos y nuestro rededor.

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Bibliografía:

– CAHUN, Claude; l’ecart et la metamorphose, París, Jean Michel Place, 1992.
– LEMAGNY, Jean-Claude, La sombra y el tiempo (ensayos sobre la fotografía como arte), La Marca Editora, Buenos Aires 2008.
– SALDAÑA, Diana, “Claude Cahun, el tercer género o la identidad poliforma”, Revista Arte, Individuo y Sociedad, Vol 14, 2002.
– BRETON, André; Primer Manifiesto Surrealista, 1924.
– BALLESTÍN, Cristina, “Dos mujeres del entorno surrealista: Remedios Varo y Claude Cahun”, Universidad de Zaragoza, (ponencia), 2004.

[1] En 1917 el padre de Claude y la madre de Marcel contraen matrimonio, por lo que ellas dos serían además de pareja, hermanastras.

[2] La posible traducción en español es: “Las apuestas están abiertas”.

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