Primero

A Paúl Jumbo
amigo y cómplice para toda la vida 

Lo primero que sucede en la vida es el hecho mismo de salir del útero, de -frecuentemente- desprenderse de la placenta. Gritar sin aliento entre esa sangre nunca más acogedora, esa sangre tan de los primeros tiempos de todo lo que conocemos.

Vienen más cosas -si es que no te imposibilitaron las oportunidades, si es que puedes sonreír a causa del trabajo de una madre, un padre, talvez ambos o quizá otros familiares-, si fuiste por ahí llegaron más personas. Oímos de momentos abruptos, de accidentes, de sucesos inevitables. ¿Escuchaste ese lamento de adentro? Cuando ella cayó agotada al piso sin decir una palabra y sus ojos te gritaban que te largues, que corras, que ese no era el lugar, que no preguntes porque no encontrará la respuesta después de varios años -si es que se da el tiempo, porque duele  estar pensando eso que nadie quiere enseñar, porque para qué aprender a comprender el dolor, el sufrimiento, la angustia, ¿para qué?, porque se supone que no te empujan al abismo y al laberinto de la locura, ahí no habrá salida, sino quieres que esas pastillas controlen tu vida, tu tiempo, tus movimientos, tus palabras, así ¿cómo te vas a hacer, cómo ser?

Y de repente sabes que existe la muerte, la física, la que huele mal, la que pudre los cuerpos. No te imaginas dónde estará esa persona, es extraño pensarlo. ¿Cómo es que dejó de hablar? Y era de suponerlo pues, si la leucemia le palideció el color de los labios, miraba demasiado adentro; si su corazón le decía que basta, que ya no trabajara; si ese hígado de apenas diecinueve años dejó esquelas en nuestras puertas en la madrugada ¿te acuerdas que todos los perros del pueblo ladraban? Si talvez tu mamá, J., ya no podía, fue mucho todo para ella. Esa vez en medio de la fiesta nos contaron de su sobredosis, y se fueron varios de ustedes, también de la vez de la pastilla de cianuro -y decían que era tan feliz, a todos hacía reír. Los pulmones. Un carro en el centro de Milán la golpeó, luego enviaron su cuerpo al Ecuador, a él también lo chocaron pero fue un camión, qué feo ¿no? pobrecitos los sudacas cómo lloran, ¡cómo sufren! A él en cambio, ¡a sus setenta y cinco!, le llamaron a decirle que ya no había plata en el banco, que todo se lo llevaron, que nadie sabe dónde mierda están todos los banqueros, que el presidente parece que está huyendo, y colgó el teléfono; cayó con un paro cardiorespiratorio, fulminante. Cáncer al colon, cáncer a los pulmones, cáncer al estómago, un tumor en el cerebro: una anciana que nació indígena y se amestizó, un masón socialdemócrata que se arrepintió de su juventud, un campesino que nunca le importó qué comía dijo que no tenía tiempo; un hombre -un asesino.

Pero nunca imaginamos amigo, que aquella noche -ibas tan alegre, nos contaste que el trabajo era muy bueno, cerca de la casa y todo- en la bicicleta, la espesa neblina nos engañaría. Quién lo creyera, casi seis meses después del accidente de nuestra amiga en su bici. Cada piedra de esa calle tan larga, bestia si también es para alocarse, tiene unas curvas que sólo en el centro se ve. Ese día seguro recogiste al enano de la escuela, lo llamaste al otro o pensaste en él. Subiste tú, como siempre tan confiado -el símbolo de la experiencia, de haber conocido el abismo, de haberte fumado al mismo infierno y contarnos cómo saliste de él. Pusiste las mesas, las limpiaste, saludas a la gente y te extraña su comportamiento, igual les devuelves esos bichos que te lanzan con una sonrisa pues no saben lo que tú sí. Y en la esquina solitaria el rocío te grita adrenalina; vos, una luz, velocidad, no se sabe qué-quién-cómo-no nos quieren contar nada, sales violentamente de tu sillín (¿quién les dijo que podían hacerlo? ¡quién!). El césped sabe que no hace nada con la sangre, con esa no, imposible alimentarse.

Y ahora estoy aquí, todavía sin comprender, imposibilitada de darle sentido a eso. Ahora que nuestra amiga tiene sus dientes completos -ella no te contó, porque todo ese tiempo viajó a otros lugares, cosas de las que tú sabías, que a veces es mejor no hablar, la gente se asusta-, ha aprendido a sonreír, lloró de alegría (me contó que para este efecto se necesita de mucho dolor, no se puede partir de la nada o del capricho para sentirlo profundamente), así como todos se enteró tarde de tu noticia, se preguntaba que si moría ella talvez tu no nos dejabas.

¿Cómo acabar esto en varias personas sin ser tan fatalista? -No les digas amigo, que muchas cosas son mentira, que… sí, sí, esto es un ejercicio, ah ¡es el día de los muertos!

Hoy se han registrado varios heridos en los hospitales del país, los seguros de vida no abastecen. En un lejano sitio algunos se han quedado sin trabajo. En alguna cloaca se cree que los homosexuales son la encarnación del diablo -cómo ignoran que él tiene varias formas: inyectable, en contratos, en el rechazo. Los sacerdotes no son pedófilos -lo han dicho algunos- sino abusadores sexuales, porque ellos saben muy bien lo que hacen. Hoy, aquel hombre recordó cómo mataron a su hija, así calladito en un callejón oscuro. En otro lado todos quieren reírse de la Muerte; entonces ¿dónde nos quedamos?

Tomamos colada morada -sangre, regresa a la sangre, ojalá que nos cobije y no pregunte tanto- y comemos guaguas de pan.

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9 comentarios en “Primero

  1. Voy a contar las veces:

    -Las reuniones de los sábados.
    -La bandera en tu casa.
    -(par de veces) más banderas en mi casa.
    -El concierto en La Tola.
    -Oyacoto.
    -Una vez en la “Facultad”.
    -Otra vez te vi caminando por la central.

    Esa quiero tatuarme en los ojos con colores fosforescentes, lo que quiero es justificar el hecho del dolor en la espalda repartiéndose, ramificándose, traduciéndose a material, dolor sensorial, dolor pestilente. Lo que quisiera Gaby, es decirte que comparto tu dolor, pero mentiría, jamás he sentido el dolor de otro y sería una farsa inventarme unas tales lágrimas compartidas, que tocaron mis mejillas al caerse de tus ojos. Además odio las cursilerías.

    Pero queda algo y es que yo también tengo un dolor, propio, sentido, tal vez nimio frente al tuyo, que se dibuja como la pérdida, el vértigo que me da el paso del abismo a la nada, de la que ahora goza uno de los seres que más me atrajo sexualmente, y espero que no te moleste, pero siempre he pensado que si he de contar secretos, me gustaría que tú los oyeras.

    ¿Qué importa? Rompamos espacios/tiempos, palabras, signos, transgresión, desde el arte, movamos la puta ciudad de los ciegos perezosos, desde la fiesta, riamos hasta que las agujas penetren nuestro abdomen y salgan llenas de sangre, risa y vida, que maten a los niños que no van a nacer porque no nos da la PUTA gana, con el juego, desde los pedales, subvirtamos, que Paul te moriste y no como herramienta, por eso la mano fría y sudorosa del olvido no te ha de alcanzar.

    (de hace algunos meses)

  2. hermana…quiza esperaba q lo hagas tu…yo a veces me siento muy ajena, poca cosa… qué vivi cachas, poca cosa…no mucho nunca lo suficiente…hacerlo yo, seria como usarlo como recurso nomas, no como amante, no como hermano de esos con los q te sacas la puta…nada mismo, nada…poca cosa…aqui en la garganta esta ese dolor q te avisa el llanto, el vertigo y la verguenza…hoy no me dice nada……..gracias por darme…

    • no, a ti gracias por dar chance a las palabras y dejar que nos rodee desde ahí, de todos modos tu tuviste lo tuyo con él, y así cada quien (jaja, buena suerte para nosotras esas oportunidades, jeje), así permanece más aquí. hay días que el viento no susurra nada (entonces deberíamos empezar a inventarnos aunque sea doloroso, pero al final extasiante). ¡besos!

  3. rememorando los ecos de noches lejanas me has dejado escapar algunas lágrimas..
    en méxico dicen que en el día de muertos ‘los dioses’ les dan el permiso a las almas para ke vengan a visitarnos.. cobijaran nuestro sueño por una noche más…
    y la muerte siempre presente, compañera no tan kerida no se deja olvidar..
    ‘y en la esquina solitaria el rocío te grita adrenalina’.. no hay ke tenerle miedo nunca!
    te kiero kokoro

    • ¡muchas gracias mujer!, un placer igual leerte a vos (me gustan tus poemas) y saber que hay personas (seres inacabables) que sí pueden preguntarse más aunque las respuestas vengan con el paso de los años.

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