Más de dieciocho

Bueno, hace algún tiempo un amigo íntimo me pidió unas crónicas de mis borracheras, de mis andanzas. No soy de las que es demasiado débil a los licores y a las drogas (psicoactivas o no, legales e ilegales). Tampoco es que me guste andar por ahí zandungueando. Pero siempre estoy en cacería y como parafraseando a Extremoduro nunca con los afectos encima. Nunca. Por eso no pido los números, me interesa conocer máximo su apellido y nada más. De ahora en adelante ni daré mi número ni nada, ojalá se les pierda o les roben todos sus celulares. Más de doscientos contactos y cuando llamo para pegarme las chelas, sólo los grillos cantan.

Ese día estuve pensando en cuan verde es la yerba tras la lluvia (me acordaba del Napo, loca, esa vez que creí que nos moriríamos, justo cuando me convencí de todavía no matarme y que la psicóloga podía aguantar más). Observaba los reflejos de los charcos de las canchas de tierra de la universidad. Reflejos del cielo que despejándose seguían soplando toda su soledad. Los remedos de orquídeas y los angelitos del piso de arquitectura se alejaban desde el primer plano al plano general. Todo lentamente como si llevara encima una maleta de dieciocho kilos aunque sólo me había metido unos pocos gramos de buen cáñamo. Talvez pesada por el paso y la nada, por el pensamiento y la idea.

Bajé todo lo que pude, reconociendo ese campus universitario. El campo santo universitario. Atrás desafiante el volcán que vigila a todas estas hormigas con mochilas y vinos de cartón. Él espera el momento para mandarnos a volar, pero ya no en el aeropuerto o en las avispas -entre bolivia y gasca-. Maldito sea el rector clínico resabiado resentido por no ser psiquiatra ahora nos ha quitado los bares y nuestros pequeños huecos verdes, como si quitar las drogas fuera a mejorar nuestras notas; señor está equivocado y sus pupilos también, todos esos mangajos que rodean a esa ciudadela, ratitas ansiosas por acabar con los días que vendrán. Santa Clara parece tener más vida y no creo que sea por la sangre de las tercenas. Paso por las magnolias, no hay adormidera ni apio; sólo un poco de chocolate con pájaro azul.

Cruzo la principal sin prisa, no lo hice como otras veces con mi chiva. Destellante de alegría, ansiosa de calma dionisiaca. Linda. Todavía cerrado el parque sé que anhela que repose mis nalgas en alguna de las bancas, ¿te acuerdas cuando encontramos a Cortázar y ese cuento raraso? o ¿cuando nos comimos de paso -siempre drogados- al mexicano gracioso que ahora tiene Juan en sus manos? Ese día también perdí el mate que compré en el mercado para tomarlo sola, toda la semana sola. Ese día me dijeron que ya tenía el trabajo, que eran cuatrocientos, que como sea me arregle con la u porque la nota es complicada entonces cholita ponte las pilas porque estos chamos son otra nota. No les des chance, ya verás que en dos por tres los tienes a todos tranquilitos, no les digas tus palabrotas porque les llevan a los viejos, a mí no me hacen eso porque ya saben que conmigo es otro vuelo. Pobres, me tienen miedo, creen que están en el américa latina o en el gauss.

Ese día llovió, desde hace mucho que no pasa y se extraña tanto la lluvia en esta ciudad… tanto. El viento tenía prisa y la gente se abrigaba con lo que tenía a la mano. Tomé otra dirección, rodeando de costado a los árboles que dan a la calle cuando en esas la visión de la calma se dilata con un hombre orinando por encima de la lona que encierra al parque, su bulto entre las manos y las adolescentes alejándose de la vereda sonrojadas sin ver nada. Sopla tanto el viento que mueve su jersey ondulándolo e involuntario el señor provoca risa, parece que se está masturbando. Su hijo -o el hombre que lo acompaña- mira a ambos lados, no sabe la hora de partir, ¿por qué cerraron los baños?

Camino más, paso por cierto bar. Se me ocurren cosas me detengo en unas bancas del bulevar de abajo. Pienso, sigo pensando. El viento. La gente corriendo. Empañando las ventanas de los buses. La neblina neonata. Sigo llamando, nadie. Casa, trabajo, soledad. Retomo el paso y subo a ese lugar. Cae el día, las nubes son como naranjas diluidas con un poco de helado derretido de chicle. Recorro ese lugar. Me encuentra una chica. Saludamos, me colo a sus cervezas. Les cuento, a sus amigas, sobre mis imágenes, mi odio a la publicidad, mi hígado, todo esto. Bebemos, fumamos, respiro. Son los días que no quiero llegar a casa o sólo quiero estar en un sitio mío.

Me voy, despido. Hallo un lugar ambiguo y una mujer muy distinta. Le cuento de mis imágenes, de los ruidos, del peso y de los dieciocho kilos. Bebemos, reímos, fumamos, respiro. Talvez todo sea parte de la imagen pequeña de mi madre en el espejo. Siempre tan lejos, no sé cuántas millas serán. Otra vez se va y no me conoce. Tanto ella cree que da. Yo, lo siento, no soy lo que desean. Decir todo, pero si les digo en clave, está clarito. Hasta estas siguientes palabras he demorado cinco minutos. Otros cinco. Ya le conté que pienso regresar a la psicóloga apenas acabe el semestre. Las luces rojas bañan todo, es una tinta de esfero que empaña cada milímetro de la ropa en el lavadero.

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4 comentarios en “Más de dieciocho

    • si, pero no sé, igual hay un montón de localismos, claves: la adormidera, el apio, el mercado, la universidad, el espejo, la madre… creo que me salió medio bien; ahora acabo de ver las otras cosas que ponía realmente creo que ni yo me entiendo, ja. También esto de las respuestas, me vuelvo a acordar desde hace un tiempo.

  1. Me fascinó la fuerza de tus palabras, el desgarro expresivo del cual haces uso, la realidad con que golpeas tu texto.
    Honestamente, me gustó mucho.

    Un abrazo y muchos ánimos.

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