Un ruido, varios ruidos

Te doy mis ojos

Apresurada pone todo lo necesario para estar fuera de casa en las pocas maletas, despierta al niño, lo viste, regresa a ver a la puerta, los planos son íntimos y muy cercanos. La calle oscura y la sombra la persigue, poca luz como en los próximos encuentros.

Cerca está el departamento de la hermana, luz mínima estéticamente equilibrada pero fria para insinuar la otra presencia, es él que la busca y lleva a mano ese pretexto del “es mi hijo y quiero verlo” -hasta ahí eso tan común que provoca sacarles palabras menos concurridas en tal incomodidad-, la sigue, cierra la puerta; la luz sigue en lo micro. Pocas palabras dulces -y no que se dice “¡no, no le abras la puerta!, pero ya se sabe que le va a abrir-, y luego su boca apretada entre las mejillas y la nariz resonando nerviosa no la suelta, brillos indescifrables pálidos aterradores, se consigue soltar, cierra, se va; otra vez el miedo.

Excelente para esclarecernos esa conflictividad conyugal del maltrato físico, verbal, sexual, psicológico y económico. De entrada no se puede crear complicidad con ella ni mucho menos con la madre, no sé si alguien podrá con él; pero no se lo llega a odiar, se busca de todos modos exponerlo y también despojarlo un poco.

Con vestido nuevo, la sigue, la acosa, ni el trabajo la deja suelta a la paloma -no trabajaba desde hacia años- y apenas logra contacto le hace creer que es libre y que puede “mandar por culo todo”.

El mínimo grito, el ínfimo gesto de ira o la mano que empieza a temblar las tiene en la cuerda floja y con la pérdida de las piernas fuertes o las manos que construyen la ira las contiene y se pierde todo en ese camino.

Cuando la desnuda -no entregándose ni regalándose a ellos: baja, baja, la cadera, los vellos, ¿el clítoris?, -te doy mis manos… te… te doy… mis ojos-, ella arreglada para la entrevista con los cuadros en la cabeza y ya en toda ella dispuesta a no rendirse; rompe las páginas del libro, la despedaza, a ella la hace añicos, humilla, su vida en pedazitos (como alguna de sus vértebras), la desnuda no tiene nada ya el otro, ella sin más palabras ni nada descubierta-cautiva-raptada ahora en el balcón “¡para que te vean todos!” ya despojada de absolutamente todo no se encuentra…

Ver esa escena en particular da un giro a la película, esa crudeza que acompaña todo lo que hay en el abuso, hacer pedazos esas imágenes que a una la construyen, despojar de lo poco que abriga (no la vestimenta sino eso que significaba como haber arreglado la ropa la noche anterior para la entrevista de la mañana y al día siguiente se caga todo, no funcionó la entrevista, no te llamaron o peor aún, no atravesó la puerta), volver a conocer el mundo (cuando bota el vestido de novia y -en imagen casi punk o no sé, fuera de lo que se vería en cualquier lugar, pero sería bueno verlo- éste se queda en los cables), así de mierda como es pero también lo que puede surgir ya con esa aprehensión.

No hay maniqueismos, ni polarizaciones, ahí se sabrá que pasa, por eso también a veces las luces son frías, los encuentros son azules, cuando la despoja es casi gris; necesaria porque también no cae en el sensacionalismo ni en remedios absurdos (tipo “cicatrices”) o te dice que hay como remediar el matrimonio bajo el manto de dios y se puede regresar al buen sendero del señor.

Pero, no se pase por alto esto, se intenta entrar y escuchar que pasa en el que maltrata, en el mismo ser que convierte a la compañera en objeto inanimado o robotito de carne que tiene que pedir permiso para salir con las amigas. Y esto también distingue, de muchas más, a Te doy mis ojos.

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3 comentarios en “Un ruido, varios ruidos

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